Génesis 1-11. PrehistoriaThis is a featured page

“Una cosa son los hechos y otras cosa son la interpretación de los hechos”
Eduardo del Rio “Rius”.

Libro del Génesis: Capítulos 1 a 11


Génesis Capítulo 1


Génesis 1, 1

Lo que dice el Axioma de Occam: Los judíos no contaban con los conceptos de tiempo y espacio tal y como lo hacían los griegos con la palabra Cosmos, que le da definición concreta a la ambigüedad del tiempo y del espacio en los términos de la eternidad y del infinito; para ellos el mundo visible quedaba sintetizado dentro de dos conceptos observables: el cielo y la tierra. Fue tiempo después con la aparición de las corrientes místicas, los dos términos se utilizaron para definir los conceptos del mundo visible (la tierra) y del mundo invisible (el cielo), más eso fue debido a la influencia platónica, zoroástrica y cristiana; ya que en la filosofía semítica tradicional no se considera que exista una vida ultra terrena, sino que se toma a la Tora como un código de conducta para esta vida. De igual forma el término principio o comienzo, no forzosamente se refiere al principio o comienzo del universo, ni siquiera del planeta Tierra, ya que más adelante se puede ver dentro del mismo libro que la cosmogonía judía abarca una zona geográfica semicircular de aproximadamente 500 a 600 kilómetros a la redonda, que era la definición del “universo” durante el primer milenio a.C.; por lo que el termino principio puede referirse solamente al principio de su cultura como pueblo que pasa de nómada a sedentario y empieza a desarrollarse la cultura oral y después la escrita. Pero si este mito creacionista tuvo su origen tal como lo leemos por razones consientes o no consientes, es una motivación del escriba que aun falta por descubrirse. (Fuente: Dios hablaría así hoy – Estudio empírico de la Biblia).

Lo que dice el Budismo: Dentro de las enseñanzas de Buda, una de las claves más importantes es la relación causa y efecto; toda acción en el universo tiene una causa que la precede y dicha causa que es una acción en si misma tiene un causa que le precede, y así ha sido desde tiempo sin principio, y así continuara la sucesión de cambios por tiempo sin final. Para el occidental es un poco difícil de imaginar esto, ya que en el pensamiento occidental es más común observar y estudiar por lo métodos de sistemas cerrados, pero el Universo es un sistema infinito e ilimitado en el tiempo y en el espacio, por lo que nunca tubo principio, ni tampoco tendrá final. Pero las enseñanzas del maestro Buda Sakiamuni no niegan la existencia de un Dios creador, solo dicen que para el entendimiento de la vida, el aprovechamiento del aquí y del ahora y para el alcance de la iluminación... el concepto de un dios o el de un punto de origen cronológico del Universo o del Samsara no es un estudio ni fundamental, ni necesario. (Fuente: lirbosbudistas.com)

Lo que dice la Hipótesis Documentaria: Este párrafo es la introducción tomada por el redactor final de sus fuentes de la tradición deutoronomista, añadido como antecedente al inicio de la Tora original, con el propósito de dar un margen más amplio a la cosmogonía judía, así la historia de la tradición cuenta con un origen divino, que se pierde en el tiempo; y que después sería retomado por los sacerdotes centralistas para institución de un calendario que celebre esta época de acuerdo a su propia concepción del tiempo, postulándola como si hubiera acontecido en otoño del año 3761 a.C. La narrativa pudo ser tomada de una fuente egipcia o de una combinación de esta con fuentes babilónicas, para que a la vez de dar un sentido de trascendencia a su lugar en el tiempo y un origen divino, diera paralelismo a las tradiciones de sus vecinos más cercanos y poder ganarse un lugar diplomático en el sistema religioso del medio oriente.

Lo que dice la Egiptología: El Génesis utiliza el esquema hermopolitano de la Creación para describir el estado del universo antes de que comience la Creación. Los cuatro dioses han sido omitidos del relato, pero permane­cen sus características esenciales. Las dos primeras frases del Génesis describen el estado del universo antes de que el dios hebreo iniciara el proceso de la Creación. Al princi­pio, dice, Dios creó los cielos y la tierra, pero por pasajes posteriores sabe­mos que los cielos y la tierra estaban sumergidos en el «abismo» durante esa etapa inicial, a la espera de ser alzados y transformados en el que es su estado físico actual. En la cosmología egipcia el mito de la creación de la tradición hermopolitano comienza precisamente con las palabras “En el comienzo los dioses se reunieron y crearon la luz, las aguas, el firmamento y la tierra”, y además estas palabras fueron escritas por los sacerdotes egipcios en el periodo predinástico, al redor el años 3200 a.C.; más de dos mil años antes de que se redactara la Tora.

Lo que dice la mitología griega: Cuenta la leyenda, que antes de la creación del mundo existía el Caos, el agua, la tierra y el aire, o sea, los elementos que conforman al mundo estaban revueltos. Poco a poco estos elementos se fueron separando y se formó la Tierra y el Cielo. En esta época el mundo, estaba poblado por divinidades terribles: los titanes y los cíclopes. Los titanes eran gigantes, con una extraordinaria fuerza, y los cíclopes eran seres salvajes con un sólo ojo en medio de la frente. Sobre el universo reinaba Cronos o el Tiempo, quien tomó por esposa a la reina Rhea, sobre su felicidad pesaba una amenaza, a Cronos le habían predicho que sería destronado por uno de sus hijos y que este sería el dios soberano del mundo, fue entonces que decidió comerse a sus propios hijos. Se apoderaba de ellos, apenas nacidos y se los comía sin piedad alguna. Dicho relato es la base de la cosmología griega, quien al igual que los egipcios, apoyaron su concepto del origen del universo en la idea de cuatro elementos que cuando encontraron el orden se le dio consistencia a la creación.

Lo que dice el neoesoterismo: Según René Guenón, este texto es una forma de indicar a la conciencia humana la idea primigenia de dónde provino: “de la nada”. En un estudio comparativo con el budismo, el taosimo y el islam se habla del “Ain”, del “A” y del “El-fanâ”, y también que el «vacío»; es por lo demás evidente, según el simbolismo de la rueda, que el “movimiento” de un ser es tanto más reducido cuanto que ese ser está más próximo del centro. “Ese ser no entra más en conflicto con ningún ser, porque está establecido en lo infinito, borrado en lo indefinido. Ha llegado y se tiene en el punto de partida de las transformaciones, punto neutro donde no hay conflictos. Por concentración de su naturaleza, por alimentación de su espíritu vital, por reunión de todas sus potencias, se ha unido al Principio de todas las génesis. Estando su naturaleza entera (totalizada sintéticamente en la unidad principal), estando su espíritu vital intacto, ningún ser podría mermarle”, a este planteamiento se le conoce como “el retorno a la vacuidad”, que es la meta más elevada y a la vez más confusa que presentan las tradiciones orientales; más elevada aun que el regreso a la unidad que presentan como meta teórica el yoga, la kabalah y otras líneas esotéricas.

Lo que dice el racionalismo continental: Baruch de Spinoza partiendo de la innegable influencia de Descartes, creó un sistema muy original, con mezcla de elementos propiamente judíos, escolásticos y estoicos. En lo que se refiere a Descartes, éste había considerado la existencia de tres sustancias: el pensamiento, la extensión y Dios. Spinoza reduce estas tres sustancias a una sola: la sustancia divina infinita, que según la perspectiva que se adopte, se identifica bien con Dios o bien con la Naturaleza (ambos términos llegan a ser equivalentes para él, según su célebre expresión “Deus sive Natura”) y simultáneamente con el pensamiento y la extensión del tiempo y del espacio, de tal forma que Creador y Creación son una misma unidad indivisible. Para Spinoza, la sustancia es la realidad, que es causa de sí misma y a la vez de todas las cosas; que existe por sí misma y es productora de toda la realidad; por tanto, la naturaleza es equivalente a Dios. Dios y el mundo, su producción, son entonces idénticos. Todos los objetos físicos son los "modos" de Dios contenidos en el atributo extensión. Del mismo modo, todas las ideas son los "modos" de Dios contenidas en el atributo pensamiento. Las cosas o modos son naturaleza naturada, mientras que la única substancia o Dios es naturaleza naturante. Las cosas o modos son finitas, mientras que Dios es de naturaleza infinita y existencia necesaria y eterna. (Fuente: wikipedia.org)

Lo que dice el Silmarilion: J.R.R. recrea esta narrativa a través una nueva visión con nuevos nombres. “En el principio estaba Eru, el único, quien en Arda era llamado el Iluvatar, quien creó a los Ainurs, que estuvieron con él antes de que cualquier otra cosa fuera creada”, en su visión, el Dios Creador más que ser una presencia omnipotente y ominpresente, es el padre de una familia de dioses o semidioses que se derivan de el mismo como partes emanadas de su mente, crea una idea arquetípica del Universo, el cual es formado por los Ainurs de acuerdo al pensamiento de estos mismos.

Lo que dice el Zohar: Este libro presenta una interpretación diferente al termino “creación”, en esta obra se plantea la idea de que el Universo visible fue constituido en el Universo invisible por etapas previas, dichas etapas son la emanación, la creación, la formación, y al final la acción; por lo que se narra aquí es el punto de contacto con la etapa previa a la de la creación, pero dicha etapa de emanación no es descrita en el texto, pues no entra en los términos humanos. Por lo que el término principio solo se refiere a la segunda etapa, el término cielo a la tercera y el término tierra a la etapa de la acción. "En el principio" [Gen. I: I], cuando la voluntad del Rey comenzó a hacerse, él grabó señales en la bóveda celeste [que lo rodeaba]. Desde el vacío más recóndito surgió una flama oscura, desde el misterio de eyn sof, el Infinito, como una bruma formándose en lo informe, encerrada en el anillo de esa esfera, ni bla nco ni negro, ni rojo ni verde, de ningún color en absoluto. Sólo después de que esta flama comenzó a adoptar forma y dimensión, comenzó a producir colores radiantes. Desde el centro más profundo de la Clama emergió un pozo del cual salieron colores que se esparcieron encima de todo lo que estaba debajo, oculto en el misterioso escondite de eyn sof.


Génesis 1,2

Lo que dice la Egiptología: Las palabras traducidas como «sin forma» y «vacía» aparecen en el hebreo
original como tohu y bohu, y esas mismas palabras a veces apare­cen en los escritos populares como una manera idiomática de expresar el caos o el desorden, como “todo era tohu y bohu”. El sentido de estas dos palabras hebreas se combina para indicar un espacio extenso y vacío, una zona desierta. En el contexto bíblico, tenemos un espacio indefinido que forma una especie de burbuja dentro del “abismo” primitivo. La palabra que se traduce como “espíritu” en la frase “espíritu de Dios” aparece en el hebreo original como ruach, y no significa “espíritu”, sino “viento” o “exaltación violenta”. Al traducir ruach como “espíritu”, los intérpretes de la Biblia han intentado traducirlo de tal manera que concuerde con su entendimiento teológico del texto bíblico, pero sin tener en cuenta el verdadero significado en el contexto original. Sustituyamos “viento” por “espíritu” y veamos lo que tendríamos en el hebreo original.
Los primeros versículos describen cuatro cosas:
1 Una tierra y unos cielos que ocupan un espacio, pero que carecen de forma o contenido;
2 Oscuridad;
3 Un abismo acuoso, dentro del cual existe el espacio sin forma; y
4 Un viento (es decir, “espíritu de Dios”) que flota sobre la superficie de las aguas.
Estos cuatro elementos constituyen lo que los autores bíblicos creían que eran los cuatro componentes básicos del universo anteriores al inicio de la Creación, uno de los cuales, el viento, era identificado con el dios hebreo. Correspondían precisamente con lo que los sacerdotes egipcios de Tebas y Hermópolis creían que eran los cuatro componentes del universo durante el inicio de la Creación, pero los egipcios identificaban cada uno de estos cuatro elementos con una pareja de divinidades de ambos sexos, lo cual se consideraba tabú en la teología hebrea. Se puede deducir de la siguiente descripción de las dos primeras cuatro parejas de dioses egipcios y los elementos que representaban, que los hebreos adoptaron el esquema egipcio.
1. Heh y Hehet, espacio sin forma, es decir, la burbuja deforme dentro del abismo, tal y como describe el Génesis como tohu y bohu;
2. Kek y Keket, la oscuridad en la superficie de las aguas;
3. Nun y Naunet, el diluvio primitivo, «el abismo», igual que el abismo bíblico; y
4. Amón y Amonet, el viento invisible, el “viento” bíblico que flotaba sobre el abismo.
Aunque los sacerdotes hebreos adoptaron esta visión egipcia del uni­verso primitivo, su teología monoteísta hizo que desasociaran estos cua­tro elementos naturales de las divinidades egipcias con las cuales se iden­tificaban, reteniendo únicamente los atributos con los que se asociaba a los dioses. Además, el autor del Génesis de este relato de la Creación acep­taba la tradición tebana que identificaba al Creador original con el vien­to. Simplemente, cambiaron el nombre del dios egipcio Amón por el nombre hebreo de Elohim, y lo describieron como ruach, el viento.


Génesis 1,3

Lo que dice la Egiptología: El inicio de la Creación por medio de la palabra proviene de los mitos egipcios de la Creación. Según la Biblia, el proceso de la Creación comienza cuando Dios pronuncia un mandamiento para que aparezca la luz. La idea de la Creación por mandamiento no tiene una contrapartida en los mitos mesopotámicos de la Creación. Sin embargo, para los egipcios, la Creación por mandamiento desempeñaba un papel fundamental.
Los egipcios creían en el poder de la palabra para crear y controlar el entorno, y muchos textos egipcios hablan de la Creación que comienza con órdenes verbales. Uno describe a Amón como «el que habla y lo que debe ser, es». Otro texto describe a Ptah de manera similar cuando dice «así pues, piensa y ordena lo que desea [que exista]». Una referencia a los actos de Atum en el proceso creativo nos dice que «tomó la Anunciación en su boca».
En el esquema tebano de la Creación, después de que Amón (es decir, el viento) iniciara la Creación, primero apareció en la forma de los cuatro elementos primarios. Luego apareció en la forma de Ptah, el dios Creador menfita, que inició la Creación mediante la pronunciación de una orden. Ésta es la misma secuencia que en la narración del Génesis, donde «el viento» pronuncia una orden, pero el autor bíblico elimina cualquier referencia a Ptah como el que habla y une al dios Creador menfita (Ptah) con el dios tebano (Amón) de la Creación. Sin embargo, esta distinción es sólo cosmética, puesto que en la visión tebana tanto «Amón el viento» como «Ptah el que habla» son formas del mismo dios.


Génesis 1,4

Lo que dice la Egiptología: El Génesis contiene dos relatos contradictorios acerca de cómo y por qué la luz se separó de las tinieblas. La confusión tuvo lugar porque el primer relato sucede antes de que aparezcan el Sol y la Luna, y los redactores de la Biblia posteriores ya no recordaban por qué en el rela­to original egipcio el día y la noche aparecían antes del disco solar y de la Luna. Como resultado, añadieron una segunda división de la luz tras la aparición de estos dos cuerpos celestiales.
Tras la aparición de la primera luz el primer día, el Génesis dice que Dios separó la luz de las tinieblas y llamó a la luz «día» y a las tinieblas «noche». Sin embargo, el cuarto día. Dios volvió a separar la luz de las tinieblas y dividió el tiempo en día y noche. ¿Por qué ocurre esto dos veces?
La naturaleza de la luz que apareció el primer día es confusa. En el Génesis, el Sol, la Luna y las estrellas no aparecen hasta el cuarto día. ¿Cómo podemos tener luz el primer día y cómo se la puede separar de las tinieblas de manera que tengamos un día y una noche a las que seguirán dos períodos más de luz y oscuridad, y todo ello antes de la creación del Sol? Y, si ya tenemos periodos alternantes de luz y tinieblas, ¿hasta qué punto era necesaria una nueva separación de la luz de las tinieblas tras la aparición del Sol?
La confusión surge porque en el relato del Génesis, siguiendo el mito egipcio, la luz aparece al principio de la Creación. Esta luz era un atribu­to de Atum, dios del Sol, pero no representaba el disco solar.
En la versión egipcia, el Sol tenía muchas formas y distintos dioses representaban distintos aspectos del Sol. A lo largo de su viaje diario a tra­vés del cielo, por ejemplo, distintos dioses representaban la ubicación del Sol en diferentes momentos. El sol matutino era Kepri, el dios escarabajo, y el sol de la tarde era Ra. El disco solar era conocido como Atón, y se le llegó a considerar como una divinidad separada, significando sólo una manifestación visual del Sol, pero no representaba todo el ser físico del Sol, y no apareció hasta más tarde en el proceso de la Creación.
Los egipcios también tenían una visión filosófica del día y la noche. Según un pasaje del Libro de los Muertos egipcio: «Como para la 'eterni­dad' que es el día; como para la 'perpetuidad', que es la noche».
Esta visión reflejaba la idea egipcia de que la vida continuaba a través de los tiempos. De modo filosófico, esta idea evolucionó a partir del ciclo dia­rio del sol, que los egipcios veían como un renacimiento diario y la renova­ción de la vida. El sol matutino era un niño, el ocaso un viejo. El comienzo de la «eternidad» y «perpetuidad» coincidía con la aparición de la primera luz al principio de la Creación. Por lo tanto, los egipcios veían el «día/eterni­dad» y la «noche/perpetuidad» como un atributo de la primera luz del sol.
La misma idea aparece en el Génesis. La creación por parte de Dios del día y la noche con la primera luz significaba la idea egipcia de «eternidad» y «perpetuidad» y representaban distintos fenómenos que los de día y noche asociados con la aparición del disco solar y la Luna y las estrellas.
Sin embargo, para los monoteístas hebreos, que escribieron cientos de años más tarde, el disco solar era únicamente el Sol. No había ningún dios o conjunto de dioses escondidos detrás. Sólo concebían el sol como un ente físico que se movía a través del cielo y separaba la noche del día. Para ellos, el día y la noche eran la consecuencia de la salida y la puesta del disco solar, tal y como lo expresaban en la descripción de los acontecimientos del cuar­to día de la Creación. La «eternidad» y la «perpetuidad» no formaban parte de la religión hebrea y los sacerdotes hebreos ya no recordaban ni com­prendían el significado filosófico del primer día y la primera noche. Si el día y la noche aparecieron el primer día, debía de tratarse de la separación nor­mal de la luz del día de la oscuridad causada por la puesta del sol. Así, los autores del Génesis describieron el día y la noche del primer día según los convenios actuales, ignorando o no reconociendo la contradicción implíci­ta entre los acontecimientos del primer día y el cuarto.


Génesis 1,6 y Génesis 1,7

Lo que dice la Egiptología: Este firmamento que surge de las aguas es la montaña pri­mitiva del mito egipcio.
Tras invocar la primera luz y separarla de las tinieblas, el Génesis nos dice que Dios hizo que un firmamento surgiera de entre las aguas, y este firmamento separó las aguas de las aguas. Tal y como indican claramente los versos citados anteriormente, la separación de «las aguas de las aguas» se refiere a la separación del agua que está sobre el firmamento del agua que está por debajo del firmamento.
En todos los mitos egipcios de la Creación, tras la aparición de la pri­mera luz (normalmente identificada con el dios Atum), el dios Creador provocaba que una montaña surgiera de las aguas primitivas. Esta mon­taña, por su naturaleza, era una entidad física sólida, un firmamento, y según la visión egipcia, separaba las aguas primitivas. Los egipcios veían al cielo como una vía fluvial por la cual el dios del Sol Ra navegaba con la barca solar. La montaña primitiva se convertía en el espacio entre las dos aguas, y proporcionaba la fuerza que las mantenía separadas.
El firmamento que surge en el Génesis no se distingue de la montaña primitiva que emergía de Nun, las aguas primitivas, y tanto en los relatos bíblicos como en los egipcios, el resurgir tiene lugar en el mismo orden secuencial que el proceso de la Creación, tras la invocación de la primera luz mediante la palabra hablada.


Génesis 1,8

Lo que dice la Egiptología: La identificación del firmamento con el cielo deriva de una interpretación errónea por parte de los redactores bíblicos posteriores.
El Génesis describe sólo un acontecimiento que tuvo lugar el segundo día, la aparición del firmamento (más tarde veremos que el segundo día incluía algunos acontecimientos adicionales). Aunque la narrativa lo ubica entre las aguas que hay a ambos lados del firmamento, equiparán­dolo con la bóveda celeste en vez de con el cielo, algunos escribas hebreos escribieron que Dios llamó al firmamento «cielo». El autor no debía estar familiarizado con el relato original egipcio en el que este firmamento representaba una montaña primitiva que surgía de las aguas y separaba las aguas de encima de las aguas de debajo.
En los relatos de la Creación de todo el Oriente Medio, en Egipto y tam­bién en Mesopotamia y Levante, el cielo descansaba sobre una bóveda. Esta bóveda necesariamente constituía una plataforma transparente pero sólida que evitaba que el cielo se cayera a través de la bóveda celeste. En Egipto, la bóveda celeste está entre el cielo y la tierra, y originariamente el firmamento que surgía de las aguas se asociaba con el dios Shu, hijo del cielo y la tierra, y los egipcios lo mostraban sujetando el cielo sobre la tie­rra.
Los escribas hebreos creían que tenía que existir alguna superficie dura en la bóveda celeste que aguantara el cielo, pero, al ser monoteístas, no podían aceptar la idea de que la bóveda celeste fuera una divinidad sepa­rada del Dios hebreo. Por lo tanto, una vez más desligaron la divinidad egipcia del fenómeno que representaba. Transformaron la divinidad egip­cia que sujetaba el cielo en el propio cielo.


Génesis 1,10

Lo que dice la Egiptología: La reunión de las aguas se refiere a la creación del rio Nilo.
EL tercer día de la Creación comenzó con la reunión de las aguas en un lugar. Entonces Dios llamo a las aguas reunidas «mares», un término plu­ral que indica numerosas masas de agua. Cada mar sería un arca delimi­tada por separado. ¿Están las aguas en un solo lugar o en varios?
El problema surge porque los escribas hebreos, influenciados por el entorno babilónico y las influencias culturales del final del primer milenio a.C., aplicaron sus conocimientos geográficos a un pasaje que reflejaba una geografía distinta. En Mesopotamia y Levante, las gentes eran conocedoras de varias masas de agua independientes e importantes, incluyendo el mar Mediterráneo, el mar Rojo, los ríos Tigris y Eufrates, el rio Jordán, el mar Muerto y el río Óronles, en Siria.
Los egipcios, por otra parte, a pesar de ser conocedores de muchas masas de agua, sólo consideraban de importancia al Nilo. Herodóto se refiere a Egipto como «el regalo del Nilo». La característica más impor­tante del Nilo era su inundación anual, la cual proporcionaba al país un gran abastecimiento de tierras fértiles para el cultivo. Ademas, el río abun­daba en peces, aves y vida animal, proporcionando fuentes de alimento adicionales, v otorgaba a los egipcios acceso a todas las principales ciudades a lo largo y cerca de las orillas del Nilo.
Tal era la importancia del papel desempeñado por el Nilo para la vida egipcia, que proporcionaba el escenario para gran parte de su mitología, Las ideas míticas acerca de la inundación primitiva al inicio de la Creación v la montaña que surgió de ella se derivaron de imágenes del Nilo, Ya que la inundación del Nilo producía la vida, los egipcios imaginaban una inunda­ción mundial inicial que dio lugar a la vida. Como las aguas retrocedían hacia la cuenca del Nilo, dejando atrás grandes montones de fértiles tierras negras, los egipcios se imaginaban un primer monte emergiendo de la inun­dación mientras las aguas se juntaban para formar una única corriente.
Un mito egipcio de la Creación (conservado en un documento conoci­do como «Texto de los Sarcófagos 76») que describe la separación del cielo y la tierra, habla de Shu (el firmamento), hijo de Atum (la primera luz), que reunía las aguas. «Este dios [Shu] está atando la tierra para mi padre Atum, y reuniendo la gran inundación para él».
La reunión de la inundación se refiere a la creación del Nilo, y el texto continúa diciendo que el acontecimiento tuvo lugar el mismo día en que Atum apareció sobre la primera montaña. Si eliminamos los elementos politeístas de este mito, como probablemente harían los escribas hebreos, éste proporciona un paralelo perfecto para los acontecimientos que tuvie­ron lugar durante el segundo y el tercer día de la Creación en el Génesis.
Shu, que representa la bóveda celeste, es hijo de Atum, la primera luz que los egipcios asocian con la aparición de la montaña primitiva. Shu nació el mismo día que apareció Atum, siguiendo la aparición de la mon­taña de Nun (la gran inundación). Shu (la bóveda celeste) separó enton­ces a Nut (el cielo) de Geb (la tierra), ató la tierra y reunió las aguas de la inundación en un solo lugar (el Nilo), la misma serie de acontecimientos que en el Génesis.
La secuencia de la Creación en la Biblia, por lo tanto, sigue el esquema egipcio. La reunión de las aguas por Shu describe el origen del Nilo y corresponde a la reunión bíblica de las aguas en un solo lugar.
De la misma manera que en la descripción de los cielos, uno de los escribas hebreos malinterpretó la descripción inicial de las aguas, porque él ya no entendía los acontecimientos en un contexto egipcio. La edición final de la Biblia tuvo lugar después de que la élite hebrea fuese capturada y trasladada a Babilonia, y Babilonia, como el gran centro de aprendizaje que era, ejerció una poderosa influencia sobre los redactores bíblicos pos­teriores. Ya que la perspectiva babilonia reconocía varias masas de agua independientes e importantes, los escribas hebreos tomaron lo que en ori­gen era una descripción del Nilo, las aguas reunidas en un único lugar, y la añadieron a una frase que indicaba que las aguas reunidas constituían varias grandes masas de agua.


Génesis 1,11 y Génesis 1,12

Lo que dice la Egiptología: El Génesis sigue la secuencia egipcia de la Creación al anteponer la aparición de la vegetación a la del Sol.
El tercer día del Génesis finaliza con la aparición de la vegetación: hier­ba, semilla y fruta. Entre paréntesis, esto crea problemas desde un punto de vista científico, ya que la vida vegetal requiere de la luz solar para sobrevivir y crecer, y hasta ahora el Sol todavía no ha aparecido. Pero nos ocuparemos aquí sólo de los aspectos mitológicos de nuestro estudio.
Teniendo en mente la descripción que el Génesis hace del tercer día, consideremos este breve extracto del Libro de los Muertos egipcio, cap. 79:
¡Salve Atum!—
Creador del cielo; creador de lo que existe
El que surgió como tierra; el que creó la semilla.
Este pasaje describe exactamente la misma secuencia que el Génesis, la aparición del cielo, seguida de la aparición de la tierra, y de la vegetación. La misma secuencia aparece en otros textos egipcios que describen el proceso de la Creación. El hijo mayor del cielo y la tierra, por ejemplo, era Osiris, a quien los egipcios identificaban con el grano, demostrando nuevamente que la vegetación apareció inmediatamente después que los cielos y la tierra.
A lo largo de la tradición de la Creación egipcia, la vegetación aparece inmediatamente después de la división entre los cielos y la tierra y la reu­nión de las aguas. Esta es la secuencia que sigue el Génesis, y muestra el paralelo continuo, acontecimiento tras acontecimiento, entre los mitos egipcios de la Creación y el relato del Génesis de la Creación.


Génesis 1,10 y Génesis 1,13.

Lo que dice la Egiptología::
Dios reunió las aguas y creó la tierra seca el segundo día de la Creación.
Según el Génesis, en el tercer día de la Creación Dios reunió las aguas primitivas y creó la tierra seca. A esta tierra seca la llamó «tierra». Ya hemos visto que esta historia constituye una parte del mito egipcio de la Creación. Pero existe otro problema, mientras que el Génesis sitúa este acontecimiento el tercer día, una cuidadosa lectura del relato de la Creación en el Génesis indica que el redactor bíblico cometió un error y que este acontecimiento, en el testimonio original del Génesis, tuvo lugar el segundo día.
La Biblia, como muchos textos antiguos, a menudo utiliza fórmulas literarias, frases cortas que el escriba emplea, ya sea como una expresión idiomática, o para indicar algo acerca de la naturaleza del texto. Estas fórmulas textuales suelen aparecer como elementos en un listado, donde dividen las listas en secciones, como se solía hacer en los antiguos lista­dos de reyes. Las historias bíblicas de los reyes de Israel y Judá ilustran esta técnica. Al final de cada historia, el escriba bíblico solía añadir la siguiente frase (o una versión ligeramente modificada de la misma): «Y los demás actos de [nombre del rey], y todo lo que realizó, y sus [atri­butos asociados al rey], ¿acaso no aparecen escritos en el libro de [fuen­te de origen]?
La Biblia contiene numerosas fórmulas textuales de este tipo. En oca­siones, por ejemplo, introduce una sección de narrativa diciéndonos » Esta es la descendencia de...« en la cual el material describe los acontecimien­tos asociados a una familia específica. El relato de la Creación en el Génesis también hace uso de una fórmula textual.
Al final de las actividades de cada día, a excepción del segundo día, Dios repasaba lo que había hecho y entonces decía «que era bueno». El séptimo día Dios descansó, por lo tanto no realizó ningún acto que tuviera que declarar que era bueno.
La narrativa, sin embargo, le hace bendecir y santificar el último día. El tercer y sexto día, empero, Dios también declara algo que era bueno en la mitad del día. Consideraremos la primera declaración del mediodía en este estudio, y cuando estudiemos el Mito 15 consideraremos la segunda.
La frase «que era bueno» constituye una formula textual. Su colocación al final de las actividades de cada día sirve para indicar que las acciones del día se habían completado y que a Dios le agradaba lo que veía. Así, ¿por qué no hay una declaración de este tipo al final del segundo día, y por qué en el tercer día aparecen dos declaraciones de este tipo?
La declaración del mediodía en el tercer día tiene lugar después de que Dios ha reunido las aguas y creado la tierra seca. La segunda declaración de ese día sucede después de que Dios ha creado la vegetación. Este arre­glo textual es confuso.
La mayoría de eruditos de la Biblia aceptan que el relato de la Creación es mitológico, pero no ofrecen ninguna explicación útil de por qué los escribas bíblicos omitieron la formula textual el segundo día y la introdu­jeron dos veces el tercer día. Muchos intérpretes religiosos ortodoxos, por otra parte, sugieren que Dios tuvo la intención de reunir las aguas y crear la tierra seca el segundo día, tras levantar el firmamento, pero no tuvo tiempo de concluir la tarea. Por lo tanto, reservó la bendición hasta des­pués de concluir la tarea el siguiente día.
Aunque esta explicación adopta una interpretación literal del día como una duración fija del tiempo, pasa por alto la omnipotencia de Dios y que las tareas en cuestión eran bastante menos arduas que, digamos, crear el Sol o cualquier otra estrella, lo cual requeriría mucha más energía que el simple levantamiento del firmamento o la reunión de las aguas en la diminuta tierra. Aun así, Dios creó todas las estrellas, además de los pla­netas y la Luna en un sólo día.
La solución evidente a esta paradoja es que los redactores bíblicos cometieron un error, el equivalente a un trabajo de cortar y pegar mal hecho. Ya que la bendición para el segundo día no ocurre hasta la mitad del tercer día, parece razonable concluir que la reunión de las aguas era parte de los acontecimientos del segundo día, un seguimiento lógico al levantamiento del firmamento en medio de las aguas. El redactor bíblico creería que la tierra seca que surge concuerda lógicamente con la apari­ción de la vegetación, así que de manera prematura insertó un paréntesis en el segundo día y traspasó los acontecimientos del segundo día al terce­ro. Pero no era libre de insertar una bendición en el punto donde conclu­ye el segundo día. En cambio, dejó la bendición donde estaba tal y como aparecía en el texto original, después de la reunión de las aguas.
Al trasladar el relato de la aparición de la tierra seca al segundo día, resolvemos el problema de la bendición que falta. Dicha restauración sitúa la formula textual al final de los acontecimientos de cada día, donde pertenece.


Génesis 1,14-19

Lo que dice la Egiptología: Los editores bíblicos comenzaron con la secuencia crono­lógica tebana correcta para describir la llegada del Sol, pero luego cam­biaron la narración siguiendo la tradición babilonia para describir la apa­rición de los cuerpos celestiales.
El cuarto día de la Creación aparecen el Sol, la Luna y las estrellas. Al principio la narración describe la creación de luces en el firmamento (sin especificar de qué luces se trata) para dividir la noche del día. Esto pre­senta un enigma ya que el primer día de la Creación Dios ya había sepa­rado la noche del día, las tinieblas de la luz, una paradoja que se trató anteriormente en el Mito 4. Estas luces sin especificar, creadas el cuarto día, sirven para una variedad de funciones del calendario, marcando días, temporadas y años. Luego, tras hablarnos de la función de estas luces, el Génesis al fin las describe, una luz mayor para gobernar el día y otra menor para gobernar la noche. Y, casi a modo de ocurrencia, añade, «y las estrellas».
Estas dos luces principales son el Sol y la Luna. Ya hemos observado que en la doctrina tebana de la Creación, el Sol aparece en la forma de Ra como un niño tras los acontecimientos que tuvieron lugar durante la divi­sión de los cielos, la tierra y las aguas y la aparición de la vegetación, y que coincide con el Génesis. Pero no tenemos ninguna referencia correspon­diente egipcia a la aparición de la Luna y las estrellas en conexión con el Sol. Sólo sabemos que en el mito tebano, Amón (la divinidad creadora), que aparece en la forma de Ra (la divinidad creadora hermopolitana), era el responsable de la organización del proceso creativo restan­te, incluyendo la aparición de la Luna y las estrellas.
En algunos textos egipcios, el Sol y la Luna forman los ojos de Horus (una divinidad solar identificada como el hijo de Osiris), pero no tenemos ningún relato especialmente útil acerca del origen de la Luna. Los egipcios consideraban a las estrellas como los habitantes del más allá y, ya que Osiris (el hijo del cielo y la tierra) reinaba en el más allá, llamaban a las estrellas «Seguidoras de Osiris».
Mientras que la tradición tebana sitúa la creación del Sol en el mismo punto secuencial que el Génesis, tenemos que reconocer que el impulso de la narrativa en el Génesis para el cuarto día no surge de ideas egipcias. El Sol tiene un papel bastante reducido, colocado a un nivel equivalente o ligeramente más importante que la Luna y las estrellas, un concepto que no concuerda con la visión egipcia.
Sin embargo, un pasaje del texto babilonio de la creación, conocido como Enuma Elis (Tablilla V), muestra que las ideas babilonias influen­ciaron la descripción que se hace en el Génesis. Describe acontecimientos que tuvieron lugar casi inmediatamente después de que el dios Marduk hubiese matado al monstruoso Tiamat y formara el cielo y la tierra a par­tir de sus miembros seccionados. En el texto aparecen descripciones deta­lladas acerca de cómo creó el Sol, la Luna y las estrellas y sus funciones para marcar los periodos de tiempo. Para citar sólo un pasaje que tiene su paralelo en la descripción bíblica: «Él hizo que brillara la luna; él le enco­mendó la noche (a ella). Él la nombró a ella el ornamento de la noche, para dar a conocer los días».
Comparen este pasaje con la redacción bíblica: «Hizo Dios las dos gran­des luminarias, la mayor para presidir el día, y la menor para presidir la noche».
Las ideas en ambos pasajes comparten claramente conceptos comu­nes, pero la redacción del texto babilonio refleja la naturaleza politeísta de los mitos. Los hebreos, como habían hecho con los mitos egipcios, aceptaban la ciencia babilonia, pero separaban a los dioses de sus fun­ciones. Aun así, podemos ver lo cerca que los hebreos seguían el modelo babilonio, eliminando las divinidades, pero abrazando su papel como gobernantes del día y la noche.


Génesis 1,20

Lo que dice la Egiptología: El Génesis contiene dos relatos contradictorios acerca de la aparición de los pájaros, uno que refleja la visión egipcia, y otro la babi­lonia.
El quinto día, el Génesis describe la creación de la vida marina y los pájaros, y dice que los pájaros surgieron de las aguas. Por otra parte, el segundo relato de la Creación en el Génesis, atribuido a la fuente J, dice:
«Y el Señor Dios trajo ante el hombre todos cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra» (Gn 2, 19).
¿Los pájaros surgieron de las aguas primitivas o de la tierra? Una vez más, la Biblia proporciona testimonios contradictorios de un aconteci­miento, reflejando su dependencia de una variedad de materiales proce­dentes de distintas perspectivas culturales. El relato de las aguas primiti­vas sugiere un origen en una sociedad que considera el agua como fuente de vida, como en la mitología egipcia. El relato basado en el origen terre­nal sugiere una sociedad en la cual la tierra desempeñaba un papel más importante como medio de sustento, como en la antigua Babilonia.
En Egipto, el Nilo era una fuente de vida y una gran variedad de aves acuáticas poblaban sus orillas. Los mitos egipcios asociaban la inundación con el origen de la vida y varios mitos asocian a las aves acuáticas con el proceso de la Creación.

Génesis 1, 26-27 y 31
Lo que dice la Egiptología:
El varón y la mujer creados el sexto día de la Creación no eran Adán y Eva. El relato de Adán y Eva pertenece a una tradición mito­lógica distinta a la de los siete días de la Creación.
¿Cuándo creó Dios a Adán y Eva? Si le preguntan a cualquiera que conozca el libro del Génesis dirá que aparecieron el sexto día de la Creación. Cuando los redactores bíblicos editaron la Biblia en su forma actual, querían que el lector creyera que esto era verdad. Sin embargo, un examen de los versículos bíblicos relevantes muestra que el hombre y la mujer creados el sexto día no eran Adán y Eva.
En el primer relato de la Creación, Dios procedió de manera ordenada a organizar el universo y crear todas las cosas dentro de él. Durante cada uno de los seis días consecutivos llevó a cabo varias tareas.
El tercer día creó la vida vegetal, el cuarto los cuerpos celestiales. Y los días cinco y seis:
Dijo luego Dios: «Hiervan de seres vivos las aguas y vuelen las aves sobre la tierra y bajo el firmamento del cielo». Y así fue. Y creó Dios gran­des monstruos marinos y todos los animales que se arrastran y que viven en el agua según su especie, y todas las aves aladas según su especie.
Y vio Dios que era bueno, y los bendijo, diciendo: «Procread y mul­tiplicaos y henchid las aguas del mar, y multipliqúense sobre la tierra las aves. Y hubo tarde y mañana: día quinto.
Dijo luego Dios: «Produzca la tierra seres animados según su espe­cie, ganados, reptiles y bestias de la tierra según su especie». Y así fue. Hizo Dios todas las bestias de la tierra según su especie y todos los rep­tiles de la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno.
Díjose entonces Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven sobre ella». Y creó Dios al hombre a ima­gen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó varón y mujer; y los ben­dijo diciéndoles: «Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad los peces del mar, las aves del cielo y los ganados y todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra» (Gn 1, 20-28).
Observen la secuencia de los acontecimientos. Dios crea la vida vegetal y luego los cuerpos celestiales, a continuación la vida acuática y los pája­ros, luego las bestias, el ganado y los reptiles, y por fin al hombre y la mujer. Los lectores, por rutina, dan por sentado que el hombre y a la mujer eran Adán y Eva, pero veamos lo que dice realmente la Biblia.
Adán y Eva pertenecen al segundo relato de la Creación. Aparecen por primera vez en el segundo capítulo del Génesis.
Éste es el origen de los cielos y la tierra cuando fueron creados. Al tiempo de hacer el Señor Dios la tierra y los cielos, no había aún arbusto alguno en el campo, ni germinaba la tierra de hierbas, por no haber todavía llovido el Señor Dios sobre la tierra, ni haber todavía hombre que la labrase, ni vapor acuoso que subiera de la tierra para regar toda la superficie cultivable. Modeló el Señor Dios al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado. Plantó luego el Señor Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara (Gn 2, 4-8).
Mientras que este pasaje nos dice exactamente cuando este hombre apareció, la mayoría de personas que lo hayan leído ignoran el significa­do del texto. Este hombre apareció «al tiempo de hacer el Señor Dios la tie­rra y los cielos» y antes de eso no había vegetación alguna sobre la tierra. ¿Cuándo exactamente sucedió eso?
En la versión actual del Génesis, esto tuvo lugar en algún momento del tercer día de la Creación. Según Génesis 1,6-13, Dios creó el cielo el segundo día y la tierra y la vegetación el tercer día. Esto sitúa a Adán en medio del tercer día, después de la creación del cielo y de la tierra y antes de la vegetación (posteriormente, en el estudio del Mito 14, veremos que el cielo fue creado el segundo día, y fue entonces cuando apareció Adán). Por lo tanto, si Adán apareció el tercer (o segundo) día de la Creación, entonces no podía ser el hombre que fue creado el sexto día.
Pero, ¿qué pasa con Eva? Tras la creación de Adán, la historia se des­plaza hacia acontecimientos en el jardín del Edén. Sabemos de la plan­tación de árboles, sobre todo los árboles de la ciencia del bien y del mal y del árbol de la vida, y sabemos algunos detalles geográficos sobre el jardín, pero nada todavía sobre una mujer. Entonces:
Y se dijo el Señor Dios «No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda proporcionada a él». Y el Señor Dios trajo ante el hom­bre todos cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra, para que viese cómo los llamaría, y fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diera. Y dio el hombre nombre a todos los ganados, y a todas las aves del cielo, y a todas las bestias del campo; pero entre todos ellos no había para el hombre ayuda semejante a él (Gn 2, 18-19).
Las bestias y las aves no pudieron con la soledad de Adán. El hombre seguía estando solo. El hombre necesitaba otra «ayuda proporcionada» y Dios se puso manos a la obra para arreglar la situación.
Hizo pues, el Señor Dios caer sobre el hombre un profundo sopor;
y dormido, tomó una de sus costillas y cerró ese lugar con carne, y de la costilla que del hombre tomara, formó el Señor Dios a la mujer, y se la presentó al hombre (Gn 2, 21-22).
En un testimonio anterior, Dios creó al hombre y a la mujer a la vez en el sexto día, ambos tras la aparición de la vegetación y los animales. Pero en el relato de Adán y Eva, Dios creó al varón (Adán) antes de la aparición de la vegetación y los animales, y creó a Eva después de esos acontecimientos.
Al efectuar una lectura sencilla y lógica del Génesis, vemos que Adán y Eva no pueden ser el hombre y la mujer creados el sexto día de la Creación. Pero si Dios creó a Adán el tercer (o segundo) día y creó al hombre y la mujer a imagen de Dios el sexto día, ¿quiénes fueron los primeros humanos, Adán y Eva o el varón y la mujer del sexto día? Responderemos a esta pregunta en nuestro estudio del Mito 16.


Génesis 1, 26.29-30.

Lo que dice la Egiptología: El otorgar al hombre el dominio sobre la vida en la tierra deriva de los mitos egipcios sobre la relación entre los dioses y la huma­nidad.
En el relato de la Creación en el Génesis, Dios le otorga a la humani­dad el dominio sobre los seres vivos de la tierra, las criaturas y las plan­tas para utilizarlas y alimentarse. Observen que, al hacerle este regalo, Dios permite al hombre comer de cada árbol, libre de las restricciones impuestas en el relato de Adán y Eva. Estos pasajes del Génesis mues­tran una relación de mutua benevolencia y amistad entre Dios y la humanidad.
Dicha visión difiere sustancialmente de la que aparece en la literatura mesopotámica. Aquí, mientras que en ocasiones una divinidad u otra en particular prefiere a algún ser humano en especial, los dioses en general tienen una opinión negativa de la humanidad y la ven más como una ser­vidumbre cuya finalidad es hacer la vida más agradable a los dioses. En el mito babilonio de la inundación, por ejemplo, los dioses decretan la des­trucción de la humanidad porque es demasiado ruidosa.
En contrapartida, los textos egipcios retratan de manera más positiva la relación entre los dioses y la humanidad. La Enseñanza para Merikare lo ilustra bastante bien.
Bien cuidada está la humanidad, el ganado de dios.
Él hizo el cielo y la tierra para ellos
Él dominó al monstruo marino,
Él creó el aliento para que pudieran respirar.
Ellos son sus imágenes, que surgieron de su cuerpo,
Él brilla en el cielo para ellos;
Para ellos él hizo las plantas y el ganado, las aves, y los peces para alimentarlos.
Este consejo lo ofreció un rey de la Novena Dinastía (h. 2200 a.C.) a su hijo. Tales sentimientos filosóficos datarían de antes del Éxodo y coinci­den con la presencia de Israel en Egipto, lo cual sugiere que esta visión podría haber tenido un fuerte impacto literario sobre los hebreos. Ciertamente, la última frase es casi idéntica a uno de los versículos de la sección del Génesis que estamos comentando.


Génesis 1,27

Lo que dice la Egiptología: La idea de que Dios creó a la humanidad a imagen suya viene de las creencias egipcias acerca de la relación entre la humanidad y el Creador.
La Biblia dice que Dios creó al hombre y a la mujer de su propia ima­gen, pero no explica qué significa ser creado a imagen de Dios. ¿Comparten la misma forma física o características físicas tales como la inmortalidad, o sólo algún tipo de similitud espiritual? No parece tratarse de ninguna de estas posibilidades.
Sabemos por el relato de Adán y Eva que el conocimiento del bien y del mal (la base fundamental para la similitud espiritual) y la inmortalidad (una característica física) eran atributos de Dios y de sus ángeles, pero no eran atributos que se le otorgaran a la humanidad al principio de su crea­ción. Además, Dios adopta varias formas en la Biblia, incluyendo un arbusto en llamas y una nube de humo, por citar sólo dos ejemplos. De modo que Dios y los humanos no compartían una forma física similar.
Otra pregunta que plantea el pasaje bíblico está relacionada con el sexo de esta imagen. ¿Era la imagen de Dios varón o mujer, o ambos? Aunque la traducción inglesa dice al principio que Dios creó al «hom­bre» a imagen suya, luego dice «varón y mujer los creó». El problema reside en que la traducción inglesa no refleja exactamente el texto hebreo subyacente. El hebreo no dice que Dios creó al «hombre»; dice que creó a ha-adam, que significa «el adán», y creó a «el adán» como varón y mujer. Si la palabra hebrea para «hombre» es ish, entonces ¿qué es un adán?
Debajo de la traducción inglesa yace la idea de que adán significa «hombre», pero en realidad ésta es una especulación por parte de los eru­ditos de la Biblia, que dan por sentado que éste es el significado. Deriva básicamente de un juego de palabras basado en la creencia de que Adán fue creado de la arcilla.
En hebreo y en otras lenguas semíticas, la palabra para arcilla es ada-mah, y, puesto que el Génesis dice que Dios creó al ser que posteriormen­te se llamó Adán de la arcilla, los eruditos de la Biblia han dado por sen­tado que la palabra para arcilla es una metáfora para hombre.
De hecho, hay un par de referencias no bíblicas para indicar que este podría ser el caso, pero éstas se limitan a un puñado de nombre propios hallados en textos en la biblioteca del antiguo Ugarit y que datan del siglo xiv a.C. No tenemos indicios de ningún uso generalizado en las lenguas semíticas de la palabra adán con el significado de «hombre».
El problema aquí es que los escribas hebreos adoptaron la idea de que el hombre fue creado a imagen de Dios a partir de las tradiciones egip­cias. Esa creencia permaneció con los israelitas a lo largo de su historia, pero debido a que no creían en ninguna forma física para la representa­ción de una divinidad, cuando el Génesis adoptó su forma escrita final, el concepto de una «imagen de dios» ya no tenía ningún significado específico.
Para trazar el concepto hasta sus orígenes, observen la visión de los egipcios. Los egipcios creían que la humanidad había sido creada a ima­gen del Creador y que el Creador tenía características tanto de varón como de mujer. Un pasaje de un antiguo texto conocido como Enseñanza para Merikare ilustra el primer principio.
Bien cuidada está la humanidad—el ganado de dios.
Él hizo el cielo y la tierra para ellos
Él dominó al monstruo marino,
Él hizo el aliento para que sus narices vivieran.
Ellos son sus imágenes, que surgieron de su cuerpo.
Debe prestarse atención al paralelismo con el pasaje bíblico, en el cual se habla no sólo de que la humanidad está hecha a imagen de Dios, sino que además incorpora tanto al varón como a la mujer dentro de la imagen.
Por lo visto este texto gozó de una amplia difusión en Egipto. Su origen se remonta al siglo xx a.C., y la forma actual del texto aquí citado viene de un papiro escrito durante el período del Imperio Nuevo, varios siglos después. Los escribas hebreos en Egipto seguramente conocían las ideas expresadas en él.
Mientras que los egipcios tenían varias ideas acerca de cómo fueron creados los humanos, esta versión en particular indica que los hombres y las mujeres eran partes del cuerpo del Creador, y es en este sentido que la humanidad poseía la imagen de un dios. Varios textos también muestran que el Creador incorporó características tanto de hombre como de mujer, explicando cómo las formas de ambos sexos podían tener el mismo origen.
En el esquema hermopolitano, por ejemplo, el Creador estaba com­puesto por cuatro criaturas masculinas y cuatro femeninas como un ente único. En las tradiciones hermopolitanas y menfitas, Atum, sin necesidad de una pareja, dio a luz a dos divinidades, Shu mediante un estornudo y Teíhut al escupirla. Lo hizo, según un texto, tras «haber actuado como marido con mi puño». A Atum también se le ha conocido como el «Gran El-Ella», Ptah, el Creador menfita, también exhibe características mascu­linas y femeninas. Según un texto:
Ptah-sobre-el Gran-Trono
Ptah-Nun, el padre que creó a Atum;
Ptah-Naunet, la madre que dio a luz a Atum...
Así, descubrimos que los textos egipcios muestran al Creador como poseedor de aspectos masculinos y femeninos y que la humanidad fue creada a imagen suya. Esto se traduce en el Génesis como: «Y creó Dios al hombre [es decir, los humanos] a imagen suya, a imagen de Dios lo creó;
y lo creó varón y mujer».
Por ultimo, llegamos a la cuestión de la identidad de ha-adan, el ser creado hombre y mujer. Puesto que los nombres de Atum y Adán se pro­nuncian de manera casi idéntica, la «d» y la «t» son intercambiables a nivel fonético, es lógico suponer que «el Adán» se trata de un término colectivo para una multitud de seres que surgieron de Atum, el Creador heliopolitano.

Lo que dice el Rabi Gordon Tucker: Este pasaje de la Torá es uno de los que más complicaciones ha traido a los interpretes. Junto con Bereshit 5,2 enfatiza la idea de que la humanidad fue creada como varón y hembra hombre, y que "Adam" (humano) fue el nombre que se le dió a ambos géneros. Este fue argumentado por los textos aggadicos, para la fuerte discriminación de los grupos humanos: La narrativa enfatiza la idea de que la mujer fue creada después y eso ocacionó que se le diera el lugar de ciudadana de segunda clase, la frase no da pie a la argumentación de las personas que tienen una orientación sexual diferente a la heterosexual, ya sean homosexuales, bisexuales o que entren dentro de la condición de transgénero. Pero en en un análisis más positivista, en muchos salmos se enfatiza el valor, honor, dignidad y fortaleza de la mujer y interpretaciones no ortodoxas concideran que todo Adam (todo ser humano) es hembra y macho simultaneamente y por ende, sin importar cual naturaleza primaria de sus sentimientos y necesidades afectivas, todo ser humano debería tener igualdad de derechos; pues todos somo hijos de Hassem.


Génesis Capítulo 2



Génesis 2, 3

Lo que dice la Egiptología:
En el relato original de la Creación en el Génesis, Dios no descansó el séptimo día, pero sí creó la humanidad ese día.
Tal y como descubrimos en el estudio del Mito 14, la narrativa bíblica incluye una formula textual que marca el final de las actividades diarias. Vimos que en la versión actual del Génesis, el escriba omite la bendición del final del segundo día, pero inserta una en medio del tercer día, que es el resultado de un error del escriba. Al trasladar los acontecimientos de la primera mitad del tercer día a la segunda mitad del segundo día, se res­taura la concordancia lógica y textual en el Génesis. Dicho arreglo provo­ca que cada uno de los seis días acabe con una bendición, pero sigue dejando una bendición de más en el medio del sexto día.
Aquella bendición ocurre después de la creación de las bestias y los rep­tiles y antes de la creación de los humanos. Una segunda bendición tiene lugar tras la creación de la humanidad. Siguiendo la lógica de la formula textual, deberíamos concluir que en la fuente original para el relato de la Creación, las bestias y el hombre fueron creados en días separados. Esto desplazaría la aparición de la raza humana hasta el séptimo día y trasla­daría el día de descanso de Dios al octavo día.
El descanso del sábado, el séptimo día de la semana (contando desde el domingo, al modo inglés), constituye una de las tradiciones más sagradas de la civilización occidental. Pero si Dios descansó el octavo día, y no el séptimo, entonces la práctica se deriva de un error del escriba.
La idea de un descanso en sábado parece ser de origen latino tardío. Hay escasas evidencias de que el antiguo Israel lo pusiera en práctica realmen­te. La Biblia no recoge ninguna observación de este tipo en ninguna parte del relato de Israel anterior al Éxodo de Egipto. Es verdad que en el relato del Éxodo algunos pasajes bíblicos incluyen un mandamiento de Dios para que se observe el sábado, pero podría tratarse de versículos posteriores.
De hecho, el Deuteronomio 5, 15, que refleja los puntos de vista del rey Josías poco antes del cautiverio babilonio, dice que Dios le dio a Israel el mandamiento del sábado no porque él descansara el séptimo día, sino a modo de recordatorio de que salvó a Israel de la esclavitud en Egipto:
Acuérdate, de que siervo fuiste en la tierra de Egipto, y de que el Señor, tu Dios, te Sacó de allí con mano fuerte y brazo tendido; y por eso el Señor, tu Dios, te manda guardar el sábado.
Incluso después del Éxodo y hasta el período monárquico tardío, la Biblia se mantiene prácticamente en silencio acerca de la observación del sábado.
Por estas razones, es probable que la idea de un sábado el séptimo día apareciera tarde en la historia de Israel. El concepto pudo haberse origi­nado en Babilonia, donde ciertos días del mes —7,14,19, 21 y 28— eran considerados nefastos, y los babilonios creían que no se debía desarrollar ningún trabajo ni ningún sacrificio durante esos días. Al no conformarse con un ciclo de siete días perfectamente repetitivo, la tradición babilonia recoge las semillas de un ciclo de siete días, en el que es nefasto cada sép­timo día del mes. O bien, la idea podía haberse recogido de las tradicio­nes agrícolas cananeas. En cualquier caso, pudo haber sido recogida del relato original de la Creación, porque el día santificado habría sido el octavo del ciclo de la Creación.


Génesis 2, 2-3


Lo que dice la Egiptología:
Dios no se tomó un día de descanso.
Tanto si Dios santificó el séptimo día como el octavo, debemos conti­nuar preguntándonos si Dios realmente descansó en este día santificado. Después de todo, ¿qué necesidad tiene una divinidad omnipotente de estar por ahí relajándose?
Una lectura cuidadosa del texto bíblico parece contradecir la idea de un día de descanso. Dice «descansó Dios el séptimo día de cuanto hiciera». Pero si la creación de la humanidad constituía el acto final en este enor­me esquema de acontecimientos, la Biblia debería decir que Dios terminó su labor el sexto día, el día de la conclusión. En cambio, el texto dice que terminó el trabajo el séptimo día.
El texto sugiere que Dios llevó a cabo obras adicionales después de crear la humanidad. La referencia a la finalización de los trabajos el sépti­mo día podría ser el resultado de una edición descuidada del relato origi­nal, en el cual Dios creó la humanidad el séptimo día en vez del sexto.
Este error sigue de cerca los esfuerzos por crear un sábado el séptimo día. Para poder incluir un día de descanso para Dios, los escribas de la Biblia tuvieron que combinar los acontecimientos de los días sexto (ani­males) y séptimo (humanidad). Al hacerlo, el escriba pasó por alto esta fra-secilla: «Y el séptimo día Dios remató el trabajo que había hecho». El escri­ba se olvidó de trasladar esas palabras al final del sexto día tras combinar las actividades del séptimo día con los acontecimientos del sexto día.
Puede existir un precedente en Oriente Próximo para la creencia de que el sábado y el día de descanso están inextricablemente unidos. Una expli­cación probable proviene de Enuma Elísh, la épica babilonia de la Creación. En ella, Marduk, quien al derrotar a sus enemigos se convierte
en la divinidad principal de Babilonia, llama al dios Kingsu, uno de los líderes de la oposición, y como castigo lo corta en trozos. A partir de su sangre crea la humanidad, y Marduk impone sobre los humanos el deber de servir a los dioses. En un pasaje que suena a un eco de la afirmación bíblica de que Dios descansó tras la creación de la humanidad, encontra­mos lo siguiente:
Él que levantó el yugo impuesto sobre los dioses, sus enemigos;
Él que creó a la humanidad para liberarlos;
Que sus palabras perduren y no sean olvidadas En la boca de la humanidad, que fue creada por sus manos.
En otras palabras, después de que Marduk creara la humanidad, los dioses pudieron descansar. Esta tradición babilonia es comparable al rela­to bíblico. Ambos relatos muestran a los dioses descansando tras la crea­ción de los humanos. En el relato babilonio, Marduk crea a los humanos para que sean los siervos de los dioses, liberando a éstos de sus labores. En el Génesis, Dios descansó tras la creación de los humanos, pero no con­denó a la humanidad a la servidumbre. Claro que la tradición bíblica pos­terior mantiene que Dios e Israel tenían una alianza especial, en la cual Israel se dedicaba a servir a Dios.
Aunque en el relato babilonio los humanos no descansan junto con los dioses, tal y como se les manda a los hebreos en los Diez Mandamientos, el relato de la Creación en el Génesis sólo habla del descanso de Dios y no dice nada de que los hombres se abstengan de trabajar. La idea de que la humanidad debía descansar entró en la tradición bíblica mucho más tarde, tal vez no antes del siglo vil a.C.


Génesis 2, 4-6

Lo que dice la Egiptología:
En el segundo relato de la Creación, el cielo y la tierra son divinidades, una esposa y un marido capaces de tener hijos.
El segundo relato de la Creación comienza en Génesis 2, 4 con la frase:
«Éstas son las generaciones del cielo y de la tierra» (versión del rey Jacobo). Las primeras palabras son una formula textual utilizada en el Génesis en diez ocasiones, y una sola vez fuera del Génesis (Rt 4, 18). En todas estas instancias, a excepción de Génesis 2, 4, la fórmula sirve para introducir narraciones sobre familias, como por ejemplo: «Éstos son los descendien­tes de Isaac», o «Éstas son las generaciones de Jacob». En cada una de estas instancias, lo que sigue son narraciones acerca de los padres y sus hijos y los acontecimientos de sus vidas. No existe ninguna razón lógica para pen­sar que haya otra interpretación distinta adherida a Génesis 2,4.
La primera frase, por lo tanto, significa que lo que sigue son relatos sobre la familia del cielo y de la tierra y sus hijos. En otras palabras, el segundo relato de la Creación es una vuelta a un relato anterior y politeís­ta de la Creación, en el que el cielo y la tierra son seres cósmicos, divini­dades capaces de tener hijos.
Esta conclusión molesta a los teólogos porque contradice la idea de que la Biblia es un tratado monoteísta. En consecuencia, reinterpretan el pasa­je para reflejar su propio punto de vista religioso. Argumentan que lo que sigue son sólo relatos que tienen lugar después de la Creación. Esto no sólo malinterpreta el sentido simple y claro, sino que también da lugar a otro obstáculo. Los relatos no suceden después de la Creación, sino durante la misma; el segundo día, para ser exactos.
Tal y como dice el resto del pasaje, los relatos sobre el cielo y la tierra suceden «el día en que el Señor Dios creó la tierra y el cielo» y antes de la aparición de la vegetación. En nuestro estudio del Mito 14, tras recons­truir la secuencia original de la Creación, descubrimos que el cielo y la tie­rra fueron creados el segundo día y la vegetación el tercero. El día que Dios creó el cielo y la tierra corresponde al segundo día de la Creación.
Esto establece una unión entre el primer y segundo relato de la Creación en el Génesis. En el primer relato de la Creación, los aconteci­mientos del segundo día estaban basados en el mito heliopolitano de la Creación, la aparición de Atum como un firmamento en las aguas, la separación del cielo y la tierra y la reunión de las aguas. En ese relato, el editor del Génesis despojó a las personas de las divinidades egipcias y dejó sólo los fenómenos naturales que éstas representaban. Ocurrió algo más en el segundo relato de la Creación. Como veremos en el estudio de algu­nos de los siguientes mitos, los editores bíblicos han conservado algunas de las personas de las divinidades egipcias, pero las han retratado como humanos y han eliminado su identificación con fenómenos naturales. Pero, en ocasiones, han cometido errores y no han reconocido todas las asociaciones anteriores, por ejemplo, al dejar una referencia a «las gene­raciones del cielo y de la tierra».


Génesis 2, 7

Lo que dice la Egiptología:
Los editores de la Biblia confundieron el nacimiento de Atum (la divinidad creadora heliopolitana) en la mitología egipcia con el nacimiento del primer ser humano.
El Génesis dice que Dios creó al primer hombre de arcilla de la tierra y le insufló la vida soplándole por la nariz. Los mitos mesopotámicos hacen unas declaraciones similares, pero se distinguen del Génesis en dos deta­lles significativos: 1) los dioses crearon al hombre a partir de una mezcla de arcilla y sangre de una divinidad muerta, y 2) no le inspiraron el alien­to divino. Así, aunque el relato mesopotámico podría haber tenido una influencia sobre el relato bíblico, los detalles indican lo contrario.
En los mitos egipcios encontramos un paralelismo más próximo al relato bíblico. Mientras que los egipcios tienen varios relatos inconsisten­tes acerca de la creación de la humanidad, no se excluyen mutuamente. Las distintas porciones de la humanidad podrían haber sido creadas en distintas ocasiones mediante métodos diferentes. Sin embargo, en la mayoría de versiones, los dioses crearon la humanidad a través de algún proceso de esculpido. Según una conocida tradición, el dios Khnum crea a la humanidad en una rueda de alfarero, señalando un origen a base de arcilla, como en el Génesis. En otra versión, el dios artesano Ptah crea al hombre, aunque no se describe el proceso.
Además del proceso del esculpido, una parte esencial de la creencia egipcia sobre la vida es que ésta viene insuflada por las narices, tal y como indica el relato del Génesis. En el «Texto de los Sarcófagos 80», por ejem­plo, Atum (el Creador) dio a luz a Shu (el firmamento) a través de sus narices e identificó a Shu como la fuerza vital. En ese mismo texto, Nun, (una personificación de la inundación) le dice a Atum que acerque a su hija a sus narices para que su corazón viva. Y en otra parte de ese texto, Shu, la fuerza vital, dice:
Yo los guiaré y les daré la vida,
a través de mi boca, que es la Vida en sus narices,
guiaré mi aliento hacia sus gargantas...
Estas tradiciones egipcias muestran varios paralelismos con el relato del Génesis, en el cual el hombre es creado a partir de la tierra y Dios sopla la vida a través de sus narices. Pero, probablemente, la influencia más importante sobre el Génesis fue el nacimiento de Atum. En el mito helio-politano de la Creación, que yace tras los relatos de Adán y Eva, el primer ser fue Atum, cuyo nombre es fonéticamente idéntico al de Adán. Atum fue formado de la primera tierra que surgió de las aguas primitivas. Era literalmente una figura hecha de la arcilla de la tierra. Además, como Adán, la primera hembra nació de él sin que hubiera relaciones sexuales con una mujer.
Tal y como vimos en el Mito 11, cuando la Biblia dice que Dios creó al hombre de la arcilla de la tierra, la frase traducida como «hombre» es en realidad ha-adam, el Adán, y el término es una forma plural que incorpo­ra tanto al varón como a la mujer: «Hízolos macho y hembra, y los ben­dijo, y les dio, al crearlos, el nombre de Adán» (Gn 5, 2).
El nombre Atum también posee un sentido plural, que comprende tanto al macho como a la hembra. Significa «aquel que se completa absor­biendo a otros», y los otros son los miembros machos y hembras de la Enéada.
Ya que los relatos de Adán y Eva se derivan en parte del mito heliopo-litano de la Creación, los numerosos paralelismos entre Atum y Adán indican que originariamente los escribas hebreos nombraron al primer ser Atum, como el primer ser del relato heliopolitano. Posteriormente, debido a la confusión entre Atum y la palabra semítica para «suelo», ada-mah, el nombre del primer ser se convirtió en Adán. Génesis 2, 8-9.


Génesis 2,8-9

Lo que dice la Egiptología: Estos dos árboles especiales son representaciones simbó­licas de las divinidades egipcias Shu y Tefnut.
En el jardín del Edén Dios plantó dos árboles, el árbol de la ciencia del bien y del mal, y el árbol de la vida. Comiendo del primero se obtenía el conocimiento moral; al comer del segundo se obtenía la vida eterna. También colocó al hombre en ese jardín para que cuidara de las plantas, pero le dijo que no debía comer del árbol de la ciencia (y así convertirse en conocedor de la moral). En cuanto a comer del árbol de la vida, Dios no dijo nada: «pero del árbol de la ciencia del cien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Gn 2, 17).
Más tarde, la supuestamente malvada serpiente le dijo a Eva que la amenaza de Dios era inútil.
Pero la serpiente, la más astuta de cuantas bestias del campo hicie­ra el Señor Dios, dijo a la mujer: «¿Conque os ha mandado Dios que no comáis de los árboles todos del paraíso?» Y respondió la mujer a la serpiente: «Del fruto de los árboles del paraíso comemos, pero del fruto del que está en medio del paraíso nos ha dicho Dios: «No comáis de él, ni lo toquéis siquiera, no vayáis a morir». Y dijo la serpiente a la mujer: «No, no moriréis; es que sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal». (Gn 3, 1-5)
Adán y Eva no murieron al comer del árbol. Ciertamente, Dios temía que a continuación comieran del árbol de la vida y obtendrían la inmor­talidad.
Dijese el Señor Dios: «He alhí al hombre heho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida, y comiendo de el, viva para siempre» (Gn 3, 22).
¿Por qué temía Dios que Adán y Eva supieran de la inmortalidad y se convirtieran en divinidades? ¿Y por qué temía que se volvieran inmorta­les? Como una divinidad todopoderosa, él podría dar marcha atrás a la causa-efecto y devolver las cosas a su estado anterior. ¿Y quién es este «nosotros» al que se dirige? (véase el Mito 25 para saber la respuesta). Las respuestas se pueden encontrar en los textos y tradiciones egipcias.
El «Texto de los Sarcófagos 80» contiene una extensa presentación filo­sófica del mito heliopolitano de la Creación, y contiene algunos pasajes interesantes que no se han tenido en cuenta acerca de la vida y la morali­dad. Las partes más significativas para nuestros propósitos tienen que ver con los hijos de Atum, el Creador.
Los dos hijos de Atum son Shu y Tefnut, y en este texto Shu es identifi­cado como el principio de la vida y Tefnut como el principio del orden moral, un concepto al que los egipcios se refieren como maat. Estos son los dos principios asociados con los dos árboles especiales en el jardín del Edén, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal.
El texto egipcio no sólo identifica estos dos mismos principios como descendientes de la divinidad Creadora, sino que el texto continúa, diciendo que Atum (a quien los editores de la Biblia habían confundido con Adán, véase el Mito 19) recibe instrucciones de comerse a su hija, la cual representa el principio del orden moral.
De tu hija Orden comerás. («Texto de los Sarcófagos 80, línea 63»)
Aquí tenemos una extraña correlación. Tanto el mito egipcio como el Génesis nos dicen que la divinidad principal creó dos principios funda­mentales, la vida y el orden moral. En el mito egipcio, Atum debe comer del orden moral, pero en el Génesis, a Adán se le prohibe comer de este orden. El motivo por el cual Dios prohibió a Adán comer del árbol de la ciencia del bien y del mal se explica en el Mito 21.
También cabe destacar que el tema de la «serpiente en el árbol» asocia­do con el relato de Adán y Eva proviene directamente del arte egipcio. Los egipcios creían que Ra, el dios del Sol que rodeaba la tierra cada día, man­tenía una pelea nocturna con la serpiente Apofis y la derrotaba cada noche.
Varias pinturas egipcias muestran una escena en la que Ra, que apare­ce con la forma de «Mau. el Gran Felino de Heliopolis», se sienta ante un árbol mientras la serpiente Apofis se enrosca alrededor del árbol, en una imagen paralela a la rivalidad entre Adán y la serpiente del árbol en el jar­dín del Edén. Cuando Israel residía en Egipto, las imágenes de Ra y Atum estaban muy asociadas, y de hecho, los egipcios reconocían a una divini­dad compuesta llamada Atum-Ra. Al reemplazar a Re con Atum en el tema de la «serpiente en el árbol», la imagen se acerca todavía más al rela­to bíblico, que confundía a Atum con Adán.


Génesis 2, 8-14

Lo que dice la Egiptología: Originariamente, Edén representaba la isla de Llamas, la primera tierra en los mitos egipcios de la Creación. Según la tradición heliopolitana. Edén estaría en Heliópolis.
¿Dónde plantó Dios el jardín del Edén? Se ha escrito mucho sobre este tema, pero sin ninguna respuesta definitiva. El texto aporta pocas pistas. El Génesis lo ubica en oriente, que es donde nace el sol, y también lo ubica al oeste de Nod, donde Caín construyó la primera ciudad. Desgraciada­mente, nadie sabe donde estaba Nod.
Las principales pistas en cuanto a la ubicación del Edén son las refe­rencias a los cuatro ríos, Pisón, Guijón, Tigris y Eufrates, que se dividen de un río principal que fluye del Edén, pero que no se nombra.
El primer río. Pisón, abarca toda la tierra de Evila, que posee muchos recursos naturales, tales como oro, bedelio y ágatas. La ubicación de Evila se desconoce, pero la mayoría de eruditos creen que se corresponde con Arabia. Génesis 10, sin embargo, al describir varias relaciones geográficas, dice que Evila es un hijo de Cus, y Cus es Etiopía.
El segundo río, Guijón, «rodea toda la tierra de Cus (Etiopía)». Esto coloca a los dos ríos en la cercanía de Cus, una zona al sur o cercana al sur de Egipto.
El tercer río, el Tigris, fluye hacia el este de Asiria, y se trata de una de las dos grandes vías fluviales de Mesopotamia. El cuarto río se conoce aún como el Eufrates, el otro gran río de Mesopotamia.
¿Dónde está el fallo? Tenemos dos ríos en Asia y dos al sur de Egipto. ¿Cómo pueden estar estos ríos conectados a una única fuente? ¿Cuál es la potente fuente de agua de la cual se derivan los otros cuatro ríos? ¿Y donde está el Nilo, que atraviesa Egipto, entre Asia y Etiopía? La narración en su forma actual representa una edición tardía realizada por alguien que conocía las tradiciones babilonias, pero que no era conocedor de la geo­grafía africana.
Varias pistas sugieren que el gran río no nombrado del cual fluyen los otros cuatro es el Nilo.
1. El Nilo es el único río principal que no aparece nombrado en el texto.
2. Esta identificación explicaría cómo la geografía del Edén podía incluir dos ríos al sur de Egipto que se unen a otros nacimientos de ríos más hacia el norte.
3. La narración del jardín del Edén se deriva del mito heliopolitano de la Creación. En esa narración, después de que surgiera la primera tierra y las aguas se reunieran en el Nilo, el dios Shu bajó a Heliópolis y se convirtió en Osiris en forma de grano, plantando así un jardín al este del Nilo.
4. La tradición egipcia sitúa el árbol de la vida en Heliópolis.
5. La primera tierra en la tradición egipcia se conocía como la isla de Llamas (debido a la montaña en llamas que surgió de Nun) y cada uno de los centros de culto decía ser el emplazamiento de la primera tierra. En el Génesis, después de que Dios expulsa a Adán y Eva del jardín, bloquea la entrada con querubines empuñando llamas, lo que sugiere la idea de una «isla de llamas».
Estos puntos indican que el relato de cuatro ríos que fluyen de un río que surge del Jardín del Edén no tenía nada que ver con las dos aguas asiá­ticas descritas en la narración del Génesis. Originariamente, los cuatro brazos serían tributarios del Nilo, de los cuales dos se dividieron en el norte formando el delta de Egipto, y dos fueron divididos al sur por Etiopía.
Por consiguiente, cuando los hebreos llegaron a Babilonia, reemplaza­ron los nombres de los dos brazos del Nilo que formaban el delta de Egipto con los nombres de los dos ríos mesopotámicos que formaban el delta de Mesopotamia. Dejaron los dos brazos del sur intactos.
A medida que los hebreos comenzaron a ver su historia desde el punto de vista babilonio, fueron identificando muchas de las narraciones bíbli­cas con relatos similares de la literatura mesopotámica, y a menudo per­diendo de vista las raíces egipcias originales. Al transferir los ríos del delta egipcio a Mesopotamia, la isla de Llamas ya no mantenía ningún signifi­cado para ellos. Las llamas asociadas a la isla original se transformaron en espadas de fuego empuñadas por querubines.
En Mesopotamia, los hebreos aprendieron relatos sobre un lugar lla­mado Dilmun, que era comúnmente conocido en esa región como un antiguo paraíso de los primeros tiempos. Al sustituir las tradiciones mesopotámicas por las egipcias, creyeron que Edén y Dilmun podrían haber sido el mismo lugar.


Génesis 2, 15; 18-20; 25

Lo que dice la Egiptología: Las imágenes imprecisas de la vida en Edén se derivan de la descripción sumeria de la humanidad primitiva.
El Génesis sólo nos ofrece una breve mirada a la vida en Edén. Dios creó al hombre para que trabajara el jardín, el cual proporcionaba abundante comida. Pero el hombre se sentía sólo, asi que Dios creó a los animales para que le ayudaran y le acompañaran. Además de los animales, Dios también extrajo de la tierra todas las aves y otros animales, pero ni estos consiguie­ron soliviantar la soledad del hombre. Entonces Dios creó a la mujer para ayudarle. El hombre y la mujer estaban desnudos y no se avergonzaban de ello, pero tras comer el fruto prohibido, su desnudez se convirtió en ver­güenza. A excepción del incidente con la serpiente y los consiguientes casti­gos, no poseemos más detalles acerca de la vida en el paraíso.
Las imágenes presentadas en el Génesis son paralelas a aquellas de las primitivas leyendas sumerias. Un relato del siglo xvii a.C. habla de una época en que:
Cuando los caminos de la humanidad habían sido olvidados por los dioses, se encontraban en lo alto del desierto (es decir, no se inundaban). En aquellos días no se abrían canales, no se dragaba por medio de zanjas.

El arado y la labranza todavía no se habían establecido para los pue­blos sometidos.
Ninguno de los pueblos plantaba en surcos.
La humanidad de aquellos lejanos días, desde Shakan [el dios de los rebaños] aún no había llegado a las tierras áridas, no conocía los vesti­dos de telas finas, la humanidad andaba por ahí desnuda.
En aquellos días, al no existir las serpientes, al no existir los escor­piones, al no existir los leones, al no existir las hienas, al no existir los lobos, la humanidad no tenía contrincante alguno, y no existía ni el miedo ni el terror (líneas 1-15).
Cuando Anu, Enlil, Enki y Ninhursag crearon a las gentes de cabeza negra (es decir, los súmerios), crearon a los animales pequeños que salen de la tierra en abundancia e hicieron que hubiera, como correspondía, gacelas, asnos salvajes y bestias de cuatro patas en el desierto (líneas 47-50).
El texto se reanuda tras un intervalo de unas treinta y siete líneas con una indicación de que la monarquía había sido establecida desde el Cielo, y que el dirigente elegido debía supervisar la labor de los demás y ense­ñarle a la nación a ¡«seguir como el ganado»!
La visión que acabamos de ver comparte numerosas similitudes con el Génesis. Igual que en el relato bíblico, enfoca de cerca la necesidad de desarrollar la ganadería y remediar la desnudez de la humanidad. También nos dice que las criaturas útiles fueron extraídas de la tierra. Y, de modo implícito en el texto sumerio, la humanidad no sabe nada acer­ca de la moralidad. Las gentes existían para servir a los dioses y seguir instrucciones como si fuesen ganado. El rey, que representa a los dioses, se encarga de enseñarles todo lo que necesitan saber.
El texto no incluye ningún relato sobre la expulsión del paraíso, pero en los pocos pasajes que aun se conservan en la tablilla existe un testimonio sobre la construcción de las primeras ciudades. Esto continua teniendo un paralelismo con la trama del Génesis, que nos dice que Caín, hijo de Adán y Eva, construyó la primera ciudad tras ser expulsados del paraíso.


Génesis 2, 17

Lo que dice la Egiptología: El objetivo de esta historia es condenar la idea egipcia de que el conocimiento del orden moral lleva a la vida eterna, que discrepa­ba con las enseñanzas monoteístas hebreas.
En el mito anterior vimos que las ideas egipcias sobre la relación entre el orden moral y la vida eterna yacían tras el relato bíblico del árbol de la ciencia del bien y del mal y el árbol de la vida. Sin embargo, a pesar los paralelismos cercanos entre ambas descripciones, existe un fuerte conflic­to. En el texto egipcio, Nun (la personificación de la gran inundación) incitaba a Atum (el Creador) a comerse a su hija Tefnut, para obtener acceso al conocimiento del orden moral. En el Génesis, Dios prohibe a Adán que coma del árbol de la ciencia del bien y del mal, negándole el acceso al conocimiento moral.
Esta incongruencia aparece en medio del enigma moral en el relato bíblico. Parece que Dios mienta y que la serpiente diga la verdad. En prin­cipio, Dios ordena a Adán que no coma del árbol de la ciencia, diciéndole que morirá el mismo día que lo haga. Pero, tras comer de ese árbol, Adán no sólo vive (durante otros novecientos años), sino que Dios teme que éste obtenga la vida eterna si come del árbol de la vida, y es necesario expulsarlo del jardín del Edén.
Si el Génesis se inspira en la doctrina egipcia, ¿por qué el relato bíblico adopta un giro tan radical cuando se trata de comer del árbol de la ciencia? Esa divergencia entre los dos relatos se deriva de las diferencias fundamenta­les entre las creencias hebreas y egipcias acerca de la ultratumba.
Eos egipcios creían que si uno llevaba una vida de orden moral, el dios Osiris, que reinaba en ultratumba, les otorgaría la vida eterna. Esa era la unión filosófica entre estos dos principios fundamentales de la vida y el orden moral, y es por eso que los egipcios los retrataban como los hijos del Creador.
En efecto, el conocimiento del comportamiento moral era un paso hacia la inmortalidad y la divinidad. Esa es precisamente la cuestión que plantea el Génesis.
Cuando Adán come del árbol de la ciencia del bien y del mal, Dios declara que si Adán come también del árbol de la vida se volverá como el mismo Dios. Pero los hebreos eran monoteístas. La idea de que los huma­nos puedan ser como dioses chocaba con el concepto teológico básico de la religión bíblica, según la cual había y podía haber un solo dios. Los humanos no podían ser divinos.
La narración hebrea es en realidad un ataque sofisticado hacia la doc­trina egipcia del orden moral que lleva a la vida eterna. Comienza trans­formando la vida y el orden moral de divinidades en árboles, eliminando las imágenes caníbales sugestionadas por Atum comiéndose a su hija. Luego, a Adán se le prohibe específicamente que coma el fruto del orden moral. A continuación, se le dice a Adán que no sólo no obtendrá la vida eterna, sino que se morirá al comer ese fruto. Finalmente, Adán es expul­sado del Jardín antes de que pueda comer del árbol de la vida y vivir eter­namente.
Observen que el énfasis bíblico es sobre el conocimiento del orden moral y no sobre la vida eterna. El mensaje bíblico es que uno no puede obtener la vida eterna a través del conocimiento del orden moral. Dios le dirá a uno lo que necesita saber y cómo se debe uno comportar, y uno obedecerá porque Dios lo manda, no porque vivirá eternamente.
Cuando Dios le dijo a Adán que ciertamente moriría ese mismo día si comía del árbol de la ciencia, se debe entender que la amenaza significa­ba que los humanos no debían intentar ser como los dioses. Dios no que­ría decir que Adán literalmente se caería muerto el día en que comiera el fruto prohibido; quería decir que el día en que Adán violara el manda­miento, perdería el derecho a la vida eterna. Recuerden que Dios en principio no prohibió a Adán que comiera del árbol de la vida. (Supuestamente, un bocado del fruto de ese árbol no otorgaba la inmor­talidad. Uno tenía que comer de él de manera continua y reabastecerse.) Una vez que hubo violado el mandamiento, Adán perdió el acceso al árbol de la vida y ya no pudo comer el fruto que prevenía de la muerte.

Génesis. 2,21-24

Lo que dice la Egiptología: La narración del nacimiento de Eva integra la narración egipcia de la separación de los cielos y la tierra con partes del mito sumerio de Enki y Ninhursag.
El personaje de Eva se inspira en varios mitos, tanto egipcios como sumerios. Según el Génesis, Dios creó a Eva de la costilla de Adán. Como resultado de esta relación, Dios instauró la idea del matrimonio.
Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; y se adherirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne. (Gn 2, 21-24)
En principio, a la mujer de Adán se la conocía sólo como «la varona», porque «del varón ha sido tomada». No fue hasta después de que ella y su marido fueran expulsados del Jardín del Edén que recibió el nombre de Eva. Al darle ese nombre, Adán dijo que era «por ser la madre de todos los seres vivientes».
En el Mito 17 vimos que Adán y Eva se correspondían con las divini­dades egipcias Geb (la tierra) y Nut (el cielo). Según el «Texto de los Sarcófagos 80», Atum dijo que creó a Nut para que «estuviera por encima de mi cabeza y Geb se pudiera casar con ella». En otras palabras, los egip­cios veían la unión de la tierra y el cielo como la base del matrimonio, y este principio se traslada al Génesis con Adán y Eva.
Mientras que Adán se convirtió en el único padre de Eva, igual que Atum (el Creador heliopolitano) se convirtió en el único padre de sus hijos, la idea de que Eva salió de la costilla de Adán se deriva de un juego de palabras en sumerio antiguo, el lenguaje literario más antiguo de Mesopotamia. Se origina con el mito sumerio de Enki y Ninhursag (véase Mito 22).
En ese mito, Enki padece de ocho dolores, uno de los cuales está en la costilla.
«Hermano mío, ¿qué os duele? «La costilla».
El nombre de la divinidad que curó la costilla de Enki era Ninti, un nombre que en sumerio tiene un doble significado. La primera parte, «Nin», significa «la dama de», pero la segunda parte «ti», puede significar tanto «costilla» como «hacer vivir». Por lo tanto, Ninti significa tanto «la dama de la costilla» como «la dama que hace la vida».
También Eva combina ambos títulos. Verdaderamente es la «dama de la costilla», ya que provino de la costilla. Y, tal y como indica su primer títu­lo, ella es la «dama que hace la vida».


Génesis Capítulo 3


Génesis 3, 1

La Realidad: El Génesis modelo a la astuta serpiente según la figura del dios egipcio Set, que adoptó la forma de la serpiente Apotis, enemiga de Ra.
A Adán y Eva se les ordenó que no comieran del árbol de la ciencia del bien y del mal. A medida que se desarrolla la narración, Eva se acerca al árbol y encuentra en él a la serpiente. La serpiente anima a Eva a que prue­be el fruto, pero ésta le habla de la prohibición por parte de Dios y de la amenaza de muerte. La serpiente le contesta: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día que de el comáis se os abrirán los ojos y seréis como El, conocedores del bien y del mal» (Gn 3, 4-5).
La serpiente, quien seguramente ya había comido del árbol, evidente­mente conoce el secreto del fruto, que representa el concepto egipcio de maat, (es decir, el orden moral; véase el Mito 20) y que comerlo otorga la vida eterna.
En nuestra discusión sobre los árboles de la ciencia y la vida, observa­mos que los egipcios tenían una imagen mística de la serpiente en un árbol. En imágenes de esta narración, los artistas egipcios muestran a un gato con un palo golpeándole la cabeza a una serpiente que habita en un árbol. El gato de este mito es Ra. el dios del sol, y la serpiente es Apofis, el enemigo de Ra que intenta tragarse el Sol al final de cada día. La acción de golpear la cabeza de la serpiente, por cierto, representa exactamente lo que Dios le ordenó a Adán que hiciera con la serpiente y su prole tras la expul­sión del Edén.
Los egipcios a menudo identificaban a Apofis con el dios Set. una divi­nidad astuta y ambiciosa que quería quitarle el trono egipcio a su herma­no Osiris. Con este fin, conspiró con sus aliados para asesinar a Osins y hacerse con la monarquía.
Primero, fingió amistad con su hermano y le ofreció como obsequio un sarcófago. Tras presentárselo, le pidió a Osiris que se tumbara dentro para ver si entraba bien. Inmediatamente después de que Osiris se hubiese acostado dentro, Set y sus aliados le mataron, cerraron el sarcófago y se deshicieron de él.
A pesar del asesinato, Osiris sobrevivió a la muerte y se convirtió en rey del más allá.
Esto nos lleva directamente a la serpiente del árbol de la ciencia. Tal y como observamos con anterioridad, el objetivo de la narración donde se le prohibe a la humanidad que coma del árbol de la ciencia era que el fruto del árbol representaba a ma 'at, y para que un Egipcio pudiera ser inmortal, él o ella debía demostrarle a Osiris que vivía en ma'at. Esto se contradecía con los principios religiosos del monoteísmo hebreo y las imágenes míticas de Osiris se tenían que eliminar.
Con la serpiente en el árbol, que se corresponde a Set, el asesino de Osiris, tenemos un desenlace irónico. Como castigo por buscar la inmor­talidad adorando a Osiris, el pecador perdía su inmortalidad mediante las acciones del enemigo mortal de Osiris. el astuto y sutil Set.


Génesis 3, 3

Lo que dice la Egiptología: El tema del fruto prohibido viene de los mitos sumerios sobre la vida en el Paraíso.
En el Mito 20, vimos que los hebreos reemplazaron a las divinidades egipcias asociadas con el orden moral y la vida con dos árboles, uno de los cuales daba el fruto prohibido que iba acompañado de una amenaza de muerte si se consumía. Este motivo del fruto prohibido viene de los anti­guos mitos mesopotámicos y fue recogido cuando los hebreos recibieron las influencias culturales babilonias.
La más conocida de estas narraciones, el mito de Enki y Ninhursag, habla de dos importantes divinidades, que eran hermano y hermana y que vivían en un paraíso terrenal llamado Dilmun. En una ocasión, Ninhursag consiguió atrapar esperma de su hermano y lo usó para crear ocho plan­tas hasta entonces desconocidas y que permanecieron intocables para los demás. Su hermano, que sentía curiosidad por saber qué plantas eran, probó cada una de ellas. Cuando su hermana vio las plantas dañadas, mal­dijo a su hermano, diciéndole: «Hasta tu muerte no volveré a mirarte con el ojo de la vida».
Al poco tiempo Enki empezó a consumirse, pero apareció un zorro y consiguió que Ninhursag regresara. Al regresar, Ninhursag le preguntó a su hermano de qué órgano vital padecía, y este nombró cada una de las partes dolientes, ocho en total. Para cada enfermedad mencionada, su hermana proclamó el nacimiento de una divinidad, y cada nacimiento curó una enfermedad correspondiente. El texto no menciona quienes fue­ron los padres de estos nacimientos.
En este mito mesopotámico principal, que habría sido bien conocido por los escribas hebreos de la era babilónica, encontramos el tema del fruto prohibido en un paraíso terrenal junto con una maldición de muerte por haber comido el fruto; temas presentes en la narración del Génesis. La maldición de Ninhursag contra Enki proporciona el motivo para cues­tionar la idea egipcia de «comer el orden moral», que nos lleva al tema bíblico del «fruto prohibido».


Génesis 3, 14-19

Lo que dice la Egiptología: Los castigos impuestos a Adán, a Eva y a la serpiente se inspiran en el ciclo egipcio de Osiris.
Puesto que violaron el mandamiento de Dios, Adán, Eva y la serpiente debían ser castigados. La naturaleza de los castigos se inspira en temas del ciclo de los mitos de Osiris.
En la narración de Osiris, después de que Set asesina a Osiris, el dios muerto consigue preñar a su esposa Isis. Temiendo que Set también mate a su hijo, Horus, Isis lo esconde en un pantano. Set descubre el escondite y en forma de serpiente se acerca al niño y le muerde en el talón. Sin la intervención de los dioses, Horus habría muerto. Cuando Horus alcanza la edad adulta, se enfrenta a Set y gana el derecho a suce­der a su padre.
Consideren algunas de las imágenes de los mitos egipcios y compáren­las con la narración del Génesis. Dios castigó a la serpiente obligándola a arrastrarse y estableciendo una enemistad entre la mujer y la serpiente, y su hijo y la serpiente.

Arrastrándose sobre su pecho, la serpiente trata de morderle el talón al hijo. En el ciclo de Osiris, Set se arrastra sobre su pecho hacia el niño, le muerde el talón y se convierte en enemigo de la madre y del hijo.
En las escenas egipcias que muestran al Gran Gato de Heliópolis, vemos a Ra en forma de gato golpeando la cabeza de la serpiente que resi­de en un árbol. En el Génesis, a Adán se le ordena que golpee la cabeza de la serpiente que mora en el árbol.
El último de los grandes castigos eran dolores de parto para las muje­res. Queda implícito que hasta entonces los partos eran indoloros, una idea que encontramos en el mito sumerio de Enki y Ninhursag, donde el parto en el paraíso es indoloro. Sin embargo, ese mito no incluye ningún castigo que tenga como resultado un parto doloroso. En el ciclo de Osiris sí que hay una narración sobre las dificultades del parto y está conectada con la violación de una directiva realizada por la divinidad principal.
Según el relato egipcio, Geb y Nut eran amantes, y Ra les prohibió que copularan. Desobedeciendo el mandamiento de Ra, hicieron el amor y provocaron la ira de la divinidad principal. Éste ordenó a Shu que los separara (la separación de los cielos y la tierra) y declaró que Nut no sería capaz de dar a luz ningún día del año, provocando que su malestar perso­nal no tuviera fin. El dios Tot se apiadó de ella y consiguió la luz de la luna para crear cinco días adicionales al final del año. Ya que estos días no per­tenecían al año regular, la acción de Tot permitió a Nut dar a luz a sus cinco hijos durante esos cinco días.
Anteriormente, identificamos a Geb y Nut con Adán y Eva, y los para­lelismos continúan. Ambas parejas de esposos ignoraron una orden direc­ta de la divinidad principal y ambas mujeres fueron castigadas con difi­cultades en los partos. Puesto que los autores de la Biblia necesitaban mostrar esta narración en términos monoteístas, era necesario transfor­mar a las numerosas divinidades egipcias en seres humanos. Al hacerlo, transformaron la narración específica de las dificultades de parto de Nut en el mito general sobre el proceso de parto de todas las mujeres.


Génesis 3,22

La Realidad: El relato de la pérdida de la inmortalidad de Adán y el cas­tigo de la humanidad es un préstamo del mito mesopotámico de Adapa.
Cuando Dios expulsó a Adán del Edén, el hombre poseía la sabiduría pero no la inmortalidad, y sus descendientes tuvieron que sufrir por su pecado. Este aspecto del relato toma prestados elementos de un mito mesopotámico sobre un personaje llamado Adapa.
Según cuenta la narración, el dios Ea creó a Adapa para que fuera un dirigente de la humanidad y le otorgó sabiduría, aunque no la vida eter­na. Adapa desempeñó bien su función, pero un día, mientras navegaba, el Viento del Sur volcó su barca y lo tiró al agua. Muy enfadado, Adapa mal­dijo al viento y le rompió las alas. Al enterarse Anu, la principal divinidad, exigió que Adapa apareciera ante él.
Ea, una de las principales divinidades mesopotámicas, se hizo amigo de Adapa y le preparó para el encuentro. Entre sus instrucciones, le dijo:
Os ofrecerán los alimentos de la muerte;
No los comáis. Os ofrecerán el agua de la muerte;
No la bebáis. Os ofrecerán una prenda;
No os la pongáis. Os ofrecerán aceite; untaos con él.
En estas instrucciones, Ea se refiere a las ofrendas como «los alimentos de la muerte» y «el agua de la muerte», pero cuando Adapa aparece ante la corte de Anu, la divinidad describe las ofrendas como «los alimentos de la vida» y «el agua de la vida». Obedeciendo a Ea, Adapa rechaza la hospi­talidad de Anu y al hacerlo se gana los favores del dios. Como recompen­sa, Anu libera a Adapa de la servidumbre obligatoria, pero puesto que su pecado merece ser castigado, Anu hace que la humanidad sufra enferme­dades y plagas.
En la narración de Adapa, el héroe tenía sabiduría pero no la inmorta­lidad; había pecado contra los dioses y debía ser castigado. Como resulta­do de su pecado, pierde la oportunidad de comer ciertos alimentos que le habrían otorgado la inmortalidad, y, a raíz de su pecado, la humanidad tiene que padecer enfermedades y plagas. Mientras que el pecado de Adapa se distingue del de Adán , ambos soportaron destinos similares; la humanidad sufre y ambos pierden la inmortalidad.
Se han encontrado fragmentos de este mito en una biblioteca del siglo xrv a.C. en Egipto (anterior al Éxodo) y en una biblioteca del siglo vii a.C. en Asiría, dando fe de su longevidad literaria y su influencia muy difundida. Una leyenda como ésta habría sido muy conocida entre los escribas hebreos. El parecido con la trama de la narración del Génesis indica que el mito de Adapa ayudó a modelar la narración bíblica.


Génesis 3, 22 y 1,26

Lo que dice la Egiptología: El Génesis conserva indicios de las conversaciones de Atum con Nun en el mito heliopolitano de la Creación.
En dos ocasiones en el segundo relato de la Creación, Dios habla con uno o más seres de naturaleza no humana. Antes de crear a Adán, dice: «hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». Y posteriormente, cuando Adán y Eva ya habían comido el fruto prohibido, dice: «He ahí al hombre hecho como uno de nosotros». ¿A quién se refiere este «no­sotros»?
Una vez más, tenemos una clara indicación de otras divinidades pre­sentes en el relato de la Creación. De la misma manera que el segundo relato de la Creación se inspira en los mitos heliopolitanos, el «Texto de los Sarcófagos 80» proporciona una pista razonablemente buena acerca de hacia quién se dirigía Dios. En ese texto, Atum, (el Creador) y Nun (una personificación de las aguas primitivas) mantenían esta conversación:
Entonces Atum le dijo a las aguas (es decir, a Nun): «Estoy flotando, muy agotado, los nativos inertes...».
Las aguas (es decir, Nun) le dijeron a Atum: «Besa a tu hija Orden [es decir, Tefnut, que representaba el orden moral.]».
El «nosotros» en el relato del Génesis se habría referido originariamen­te a Atum y Nun. Al igual que el Creador hebreo reemplaza a Atum en el proceso de la Creación, la narración sufre algunas transformaciones. La retención del «nosotros» conserva restos de la fuente heliopolitana poli­teísta para el relato bíblico.

Génesis Capítulo 4


Génesis 4, 1-9

Lo que dice la Egiptología: El relato de Caín y Abel tiene sus orígenes en el conflicto entre Set y Osiris, pero posteriormente la narración recibió la influencia de los mitos sumerios sobre un pastor llamado Dumuzi.
Adán y Eva tuvieron tres hijos varones llamados Caín, Abel y Set. Caín mató a Abel y Set fundó la línea de descendencia hebrea desde Adán hasta Abraham. En el Mito 17 observamos los paralelismos entre estos tres hijos de Adán y Eva y los tres hijos de Geb y Nut, los dioses Osiris, Horus, y Set, en el ciclo heliopolitano de la Creación. La narración del Génesis no sólo conserva uno de los nombres egipcios (Set), sino que, igual que en la narración egipcia, un hermano mata al otro y el tercero funda la línea de sucesión legítima. A pesar de los paralelismos, el autor del Génesis parece haber estado confundido acerca de quién es quién en la narración original.


Génesis 4,16-18

Lo que dice la Egiptología: Los cuatro posibles emplazamientos para la primera ciudad mitológica son Heliópolis o Tebas, ambas en Egipto, y Eridu o Bad-Tibira, ambas en Mesopotamia.
Cuando Dios descubre que Caín ha asesinado a Abel, declara: «Cuando la labres (la tierra) no te dará sus frutos, y andarás por ella fugitivo y errante» (Gn 4, 12). Pero, casi inmediatamente después, Caín construye la primera ciudad, algo que no concuerda en absoluto con ser un vagabundo y un fugi­tivo. La contradicción recalca la confusión de los editores bíblicos sobre la identidad de Caín.
Al principio, Caín substituía a Osiris (el hijo mayor de los cielos y la tierra).
En la tradición egipcia, Osiris vagabundeó por todas partes para enseñar habilidades a la humanidad. También construyó la primera ciudad en el emplazamiento del monte primitivo y cada centro de culto egipcio afirmaba ser el lugar donde Osiris fundó la primera ciudad. En la tradición mesopotámica, las ciudades eran construidas a instigación de los dioses, y los humanos hacían los trabajos sucios. Varios textos hacen referencia a cinco ciudades que fueron construidas en tiempos remotos: Eridu, Bad-Tibira, Larak, Sippar, y Shurrupak; todas datan de principios del tercer milenio a.C.
En hebreo, el nombre «Caín» significa «herrero» o «metalista». Los herreros eran artesanos y los depositarios de la sabiduría de las artes. Los prime­ros mitos egipcios no mencionan a los metalistas, pero en Mesopotamia, una de las primeras ciudades, Bad-Tibira, significa «fortaleza de los metalistas», o «muro de los metalistas».
El Génesis aporta pocas pistas acerca de la identidad de la ciudad cons­truida por Caín. Estaba ubicada al este del Edén en una tierra conocida como
Nod, y Caín le dio el nombre de su hijo a la ciudad. Fl nombre de su hijo ei\i Enoc, pero una antigua costumbre trataba a los nidos como si fueran los lijos de la ciudad, y la ciudad podría haber sido nombnula Irad, como nieto de Caín.
Por una parte, puesto que Caín el vagabundo construyo solo una ciudad, y no cinco, como dicta la tradición mesopotámica, y que originariamente representaba a Osiris, deberíamos dar por sentado que construyo la ciudad en Egipto. Ya que su relato se origino a partir del mito heliopolitano de la Creación, la elección mas probable sería Heliópolis, «ciudad del Sol», al este del Nilo, donde nace el sol. O bien, dado que el primer relato de la Creación en el Génesis deriva del relato tebano de la Creación, en el cual se inspini el segundo relato de la Creación, la primera ciudad podría ser Tebas. El nom­bre bíblico de Tebas era No, una cercana aproximación a Nod.
Por otra parte, tal y como vimos en el Mito 30, los editores de la Biblia des­plazaron el relato de Caín como Osiris a las narraciones sumerias sobre Dumuzi, quien, según la lista de reyes súmerios, reinó en Bad-Tihira, «forta­leza de los metalistas», lo cual sugiere que los editores bíblicos trasladaron la primera ciudad, de manera intencionada o por error, desde Egipto a Mesopotamia. La identificación de Bad-Tibira con la herrería proporciona­ba una buena conexión con Caín, el herrero, al menos para los editores pos­teriores de la Biblia.
Por último, tenemos otra ciudad como posible candidata. Eridu, una de las primeras cinco ciudades ubicadas al sudeste de Babilonia, siempre aparece en primer lugar en la lista de las cinco, indicando que los mesopotámicos la con­sideraban la más destacada y la más importante. Como la primera y más importante ciudad mesopotámica, es una buena elección como el lugar donde Caín pudo haber edificado su centro urbano. El nieto de Caín se llamaba Irad, una aproximación cercana a Eridu, lo cual sugiere otra posible conexión.
Además, los mesopotámicos hicieron a Eridu la ciudad del dios Enki. Podría existir alguna conexión entre los nombres Enki y Enoc, estableciendo así un enlace directo con el hijo de Caín. Algunas literaturas antiguas otorgan a Enki el nombre adicional de Nudimmud, que parece proporcionar una conexión de raíz con la tierra de Nod, convirtiendo así a Eridu en la tierra de Nod.
Cualquier conexión entre la ciudad de Caín y Mesopotamia, sin embargo, se debería a un enlace posterior. La ciudad original habría estado ubicada en Egipto.


Génesis Capítulo 5


Génesis 5, 1-5

Lo que dice la Egiptología: Adán y Eva son las divinidades egipcias Geb (la tierra) y Nut (el cielo). Sus hijos son los hijos de la tierra y el cielo.
Al principio del segundo relato de la Creación en el Génesis, nos cuen­tan que las historias que siguen son sobre la familia del cielo y la tierra (véase Mito 17). Los personajes principales en esos relatos son Adán y Eva y sus hijos, Caín y Abel, lo cual sugiere que la familia de Adán es la fami­lia del cielo y la tierra.
Al principio, la Biblia se refiere a Adán y Eva como «el Adán» (véase Mito 11) y a Eva como «la mujer». Durante el transcurso de la narración, tiene lugar una sutil transformación en la terminología y estos son conocidos como Adán y Eva. Aunque se sugiere en estos primeros relatos que Adán y Eva fue­ron los primeros humanos, hasta Génesis 5, 1 no se produce una conexión directa. En ese momento, la Biblia presenta la primera de varias genealogías que colocan a Adán como el antecesor de la raza humana, trazando una línea de descenso que pasa por Noé hasta los patriarcas bíblicos.
En el Mito 12 vimos que Adán y Eva no eran los mismos humanos crea­dos el sexto día. Ellos fueron creados «al tiempo de hacer el Señor Dios la tierra y los cielos», lo cual tuvo lugar el segundo día. ¿Fueron ellos unos humanos distintos a los creados el sexto día, o fueron originariamente algún tipo de divinidades cósmicas?
En el mito babilonio de la Creación, los cielos y la tierra eran las mita­des seccionadas de un monstruo muerto conocido como Tiamat. Puesto que estos dos trozos de cuerpo sin vida no engendraron a ningún hijo, el mito babilonio no puede servir como prototipo para la narración bíblica.
Sin embargo, si analizamos el mito heliopolitano de la Creación, encontraremos parte del material de origen para el segundo relato de la Creación.
Según los heliopolitanos, Geb (la tierra) y Nut (el cielo) tuvieron tres hijos, Osiris, Set y Horus, y dos hijas.
Las relaciones entre los miembros de esta familia protagonizaban un papel importante en la mitología egipcia. Un relato cuenta cómo Geb (la tierra) y Nut (el cielo) desobedecieron a la divinidad principal y de cómo ésta castigó a Nut con dificultades para dar a luz. Otro cuenta cómo Shu (el firmamento, hijo de Atum y padre de Geb) extrajo a Nut del cuerpo de Geb y separó el cielo de la tierra. Y una tercera explica cómo uno de los hermanos mató al otro hermano, y de cómo el tercer hermano fundó la línea de los herederos legítimos al trono egipcio.
A muchos de los que conocen el relato de Adán y Eva probablemente estarán familiarizados con estas tramas. Dios separó a Eva del cuerpo de Adán; los dos desobedecieron la orden de Dios; Dios castigó a Eva con dificultades para dar a luz; Adán y Eva tuvieron tres hijos, Caín, Abel y Set, de los cuales uno, Caín, asesinó a otro hermano, Abel y el tercero fundó la línea de descendientes desde Adán hasta Abraham.
Los dos esquemas genealógicos coinciden tanto que uno no puede lle­gar a otra conclusión: el Génesis recibió la influencia del modelo egipcio. Esto significa que Adán y Eva tuvieron una encarnación original como las divinidades egipcias Geb, Nut y sus tres hijos, Caín, Abel y Set, en corres­pondencia con los tres hijos de Geb y Nut, Osiris, Horus y Set.
Los editores posteriores de la Biblia, sin embargo, tuvieron proble­mas a la hora de presentar estos relatos sobre las antiguas divinidades egipcias. Por una parte, los hebreos eran monoteístas y no creían en estos dioses; por otra parte, estos relatos tenían una gran difusión y eran muy conocidos. Los editores de la Biblia decidieron desmitifícar las divinidades y reescribir los relatos como si trataran sobre humanos en vez de dioses.
Por consiguiente, cuando intentaron integrar los dos relatos bíblicos de la Creación en un único relato continuo, tuvieron que cambiar los relatos para dar a entender que Adán y Eva eran los primeros humanos, idénticos a los humanos nacidos el sexto día. Esta interpretación ha ejercido una gran influencia a lo largo de la historia sobre los teólogos judíos y los teó­logos cristianos.
Sin embargo, a pesar de los hábiles y exitosos esfuerzos de los edito­res, continuamos viendo una gran cantidad del simbolismo mitológico original.

Génesis 5,2

Lo que dice el Rabi Gordon Tucker: Este pasaje de la Torá es uno de los que más complicaciones ha traido a los interpretes. Junto con Bereshit 1,27 enfatiza la idea de que la humanidad fue creada como varón y hembra hombre, y que "Adam" (humano) fue el nombre que se le dió a ambos géneros. Este fue argumentado por los textos aggadicos, para la fuerte discriminación de los grupos humanos: La narrativa enfatiza la idea de que la mujer fue creada después y eso ocacionó que se le diera el lugar de ciudadana de segunda clase, la frase no da pie a la argumentación de las personas que tienen una orientación sexual diferente a la heterosexual, ya sean homosexuales, bisexuales o que entren dentro de la condición de transgénero. Pero en en un análisis más positivista, en muchos salmos se enfatiza el valor, honor, dignidad y fortaleza de la mujer y interpretaciones no ortodoxas concideran que todo Adam (todo ser humano) es hembra y macho simultaneamente y por ende, sin importar cual naturaleza primaria de sus sentimientos y necesidades afectivas, todo ser humano debería tener igualdad de derechos; pues todos somo hijos de Hassem.


Génesis Capítulo 6


Génesis 6, 4

Lo que dice la Egiptología: El relato describe las condiciones políticas durante el pri­mer periodo intermedio de Egipto (h. 2300-2040 a.C.).
Los redactores de la Biblia dataron el diluvio entre 2348 y 2105 a.C. Este espacio de tiempo coincide con el Primer Periodo Intermedio de Egipto, una era de gran caos, corrupción y guerra civil. Tal y como «dice un papiro:
El arquero está preparado. El malhechor está por todas partes. No hay ningún hombre de ayer. Un hombre ase un arado con su escudo. Un hermano golpea a su hermano, el hijo de su madre. Los hombres espe­ran en los matorrales la llegada del viajero ignorante para robarle. El ladrón es poseedor de riquezas. Las cajas de ébano se rompen. La pre­ciada madera de acacia se parte en dos.
En esta época, el centro de los problemas políticos de Egipto era la decreciente autoridad de los monarcas reinantes en Menfis y la creciente rebeldía de los señores de la guerra locales procedentes de la ciudad egip­cia de Heracleópolis. Los opositores consiguieron su-ficiente poder para declararse los dirigentes oficiales de Egipto, pero los; escritores egipcios posteriores consideraban que la dinastía heracleopolita era ilegitima, y muchas listas de reyes egipcios la omitían del listado de monarcas.
Según las creencias egipcias, el rey personificaba al dios Horus, una divinidad solar que se convirtió en rey de Egipto tras la muerte de su padre Osiris, y cualquier desafío a la autoridad del binomio Horus/faraón constituía un desafío al orden natural del universo. Los egipcios eran muy conservadores en sus tradiciones, y no reconocían los cambios importan­tes de buen grado. Menfis había sido la sede de la autoridad real durante casi ochocientos años cuando Heracleópolis la desafió para acceder al poder. La reivindicación de la oposición tenía que estar basada tanto en argumentos teológicos como políticos.
Desde un punto de vista teológico, Heracleópolis debía demostrar que sus reyes, y no los de Menfis, continuaban la línea de sucesión de Horus. Desde un punto de vista político, necesitaban tener una base razonable para reali­zar tal reivindicación. La unidad de los argumentos teológicos y políticos nacería probablemente del matrimonio entre miembros de las familias heracleopolitas y menfitas gobernantes. Los hijos de ese matrimonio proporcio­narían una base para un desafío político y teológico contra cualquier suce­sor alternativo preferido por Menfis.
Esto nos conduce nuevamente al Génesis, que sitúa el diluvio y la era de maldad que lo precede durante el primer periodo intermedio de Egipto (h. 2300-2040 a.C.). Génesis 6,5 indica el deseo de Dios de destruir la humani­dad debido a la maldad de ésta. Inmediatamente antes de este versículo, el Génesis ofrece un pasaje introductorio para explicar por qué las cosas no iban bien. Los «hijos de Dios» se habían casado con las «hijas del hombre» y habían engendrado hijos. Como resultado, los descendientes se habían vuel­to corruptos y malvados.
¿Quiénes eran los hijos de Dios y las hijas del hombre? La explicación tra­dicional mantiene que los hijos de Dios eran los descendientes de Set (el ter­cer hijo de Adán y Eva, y el antepasado del pueblo hebreo) y las hijas del hombre eran los descendientes de Caín. Esto crea un parentesco que mezcla los malditos y los benditos. Pero si observamos el relato en un contexto egip­cio, hay otra interpretación que tiene más sentido.
Los hijos de Dios eran los hijos de un faraón reinante, o sea, los hijos de Horus. Las hijas del hombre eran las hijas de una familia que no formaba parte de la realeza. Durante el Primer Periodo Intermedio, Heracleópolis desafió a Menfis por el derecho a gobernar. Detrás de ese desafío existiría el matrimonio entre un hijo de la familia real menfita y una hija de la familia heracleopolita gobernante. Tras la muerte del faraón, varias facciones de Menfis y Heracleópolis se disputarían el puesto de sucesor legítimo. El vacío de poder resultó en reivindicaciones para competir por el trono, y en un periodo de corrupción generalizada, caos y guerra civil. Los acontecimientos de esta época consiguieron entrar en la narración del Génesis como el rela­to de los hijos de Dios y las hijas del hombre.


Génesis 6,11 -13

Lo que dice la Egiptología: El relato de Noé y el diluvio se originó como una versión monoteísta del mito hermopolitano de la Creación y se presenta como un testimonio ampliado de los acontecimientos del primer día de la Creación.
En el mito hermopolitano de la Creación, cuatro entidades masculinas y cuatro femeninas surgieron del diluvio primitivo y se arrastraron hasta la primera tierra. Estos cuatro varones y féminas, conocidos como los Ogdóadas (es decir, grupo de ocho) dieron a luz colectivamente a Ra, la divinidad creadora, que flotaba sobre una flor de loto mientras un pájaro volaba sobre su cabeza.
Las cuatro divinidades masculinas eran Nun, Heh, Kek y Amón, quienes representaban los cuatro elementos primarios del universo antes de la Creación, pero en algunos textos son substituidos por otras divinidades. Nun representaba el diluvio primitivo y los egipcios lo solían retratar en forma antropomórfica, de pie y con las aguas primitivas cubriéndole hasta la cintura, mientras alza la barca solar con las otras divinidades dentro.
También en el relato de Noé cuatro machos y cuatro hembras surgen de un diluvio mundial después de que una montaña emerge de las aguas, pudiendo haber nacido durante ese intervalo de tiempo una sola criatura (véase el Mito 33) con algunas interesantes preguntas acerca de quiénes eran sus padres. También incluye la aparición de aves, una de las cuales se comporta de manera distinta a las demás (véase el Mito 34). Además, los nombres de Noé y de sus tres hijos se parecen bastante a los nombres aso­ciados con el ciclo egipcio de la Creación.
En el hebreo bíblico antiguo, la palabra «Noé» (que debería transcri­birse como «Noach») consta sólo de dos letras, nun y ched. No sabemos cuales eran las vocales originales, porque el hebreo antiguo no utilizaba vocales. La asignación actual de las vocales es especulativa.
Es interesante observar que nun, el nombre hebreo de la primera letra del nombre de Noé, es la misma palabra que utilizan los egipcios para nombrar al diluvio primitivo. El nombre del héroe del diluvio bíblico, por tanto, se corresponde con el nombre de la divinidad egipcia que representa el gran diluvio de la Creación y que guía la barca solar a tra­vés de las aguas.
Otra coincidencia interesante entre Noé y Nun tiene que ver con la imagen de una serpiente. Los egipcios retrataban a las cuatro entidades masculinas de la Ogdóada (las ocho divinidades, incluyendo a Nun, que surgió del diluvio) como serpientes. En la escritura hebrea primitiva, la letra nun se desarrollaba a partir de la imagen de una serpiente.
Los nombres de los tres hijos de Noé, Sem, Cam, y Jafet, también pre­sentan conexiones con el relato hermopolitano de la Creación. Sem es el mayor de los tres hijos de Noé y tiene un nombre de lo más inusual. En hebreo significa «nombre». Así, Noé llamó a su hijo «nombre», lo cual no tiene mucho sentido. Entre los judíos religiosos, sin embargo, la palabra shem se substituye a menudo por el nombre de Dios, y parece poco pro­bable que los escribas hebreos tuvieran la intención de equiparar al hijo de Noé con la divinidad hebrea.
La palabra shem también forma la raíz de la palabra hebrea shemoneh, que significa ocho. Esto proporciona una conexión con la ciudad egipcia de Hermópolis. Hermópolis es el nombre griego de la ciudad, pero los egipcios la llamaban Shmn, que significa «ciudad-ocho», por las ocho divinidades hermopolitanas que surgieron del diluvio (la palabra hebrea y egipcia para «ocho» es la misma). Así, tanto el nombre del hijo de Noé —Sem—, como el nombre egipcio de la ciudad —Shmn—, se refiere a las ocho divinidades hermopolitanas que surgieron del diluvio primitivo.
Cam, el nombre del segundo hijo de Noé, se pronuncia «Chem» en hebreo, y es considerado el padre de las gentes egipcias y africanas. Cam se deriva de la antigua palabra egipcia keme, que significa «tierra negra» y hace referencia a la fértil tierra negra que queda cuando la inundación del Nilo retrocede.
El tercer hijo de Noé es Jafet, y muchos han intentado identificar el nombre Jafet con el griego lapetos, una divinidad mitológica cuyo hijo, Deucalio, ejerce de héroe en un mito griego de inundación. Por muy ten­tadora que resulte esa correlación, sólo cobra sentido si el mito griego hubiese influido el desarrollo de la narración bíblica, una conclusión para la cual no tenemos ninguna evidencia.
Sin embargo, si regresamos a la esfera egipcia, volvemos a hallar otra conexión. En hebreo antiguo, el nombre Jafet está formado por tres con­sonantes: «J-Ph-Th». Los sonidos «ph» y «th» son lingüísticamente equi­valentes a «p» y «t», así que el nombre se puede escribir como J-PT. En hebreo, al combinar el nombre de Dios con otra palabra, uno utilizaría una «J» para el nombre de dios, que suele aparecer transcrito como «Jo» o «Ja» [en forma abreviada en inglés: Yo o Yah], En J-PT, la parte PT del nombre contiene las mismas letras utilizadas para el nombre de la divi­nidad creadora menfita, Ptah, así que Jafet sería el equivalente lingüísti­co del nombre «Dios-Ptah». Esta es una forma típica egipcia de combi­nación de nombres, como por ejemplo Atum-Ra o Ra-Herakhte. También sugiere el término hebreo utilizado habitualmente de «Señor Dios».
En nuestra explicación del primer día de la Creación (véanse Mitos 2-4), vimos que el primer día consolidaba la aparición de las ocho primeras divi­nidades hermopolitanas con la presencia de Ptah, que invocó a la primera luz. El nombre «Dios-Ptah» simboliza esa relación, combinando las ocho divinidades hermopolitanas con Ptah.
Los nombres de Noé y de sus tres hijos, por tanto, pueden considerar­se correspondencias cercanas al mito hermopolitano de la Creación. Noé equivale a Nun, el diluvio primitivo; Cam significa la primera tierra que surgió de las aguas; Sem representa la ciudad de Hermópolis, Shmn, cons­truida sobre la primera tierra (según la tradición hermopolitana), y Jafet corresponde a la divinidad creadora primaria, una forma combinada de las Ogdóadas hermopolitanas y Ptah. Debido a que los escribas hebreos necesitaban presentar al mundo un relato monoteísta, tuvieron que reescribir el relato para que las conocidas divinidades egipcias aparecieran con forma humana en este mito.
El tema de la corrupción terrenal y su castigo combina un mito egipcio perteneciente al «Libro de la Vaca Divina» con relatos babi­lonios sobre el ahogamiento de la humanidad.
El Génesis ofrece dos explicaciones diferentes para la ira de Dios con­tra la humanidad y por qué envía el diluvio. En Génesis 6, 5-7, la ira de Dios se enciende primero a causa de la maldad presente en la humanidad, pero por algún motivo que no se explica, decide destruir no sólo a los humanos, sino también a las bestias, los reptiles y las aves.
Viendo el Señor cuánto había crecido la maldad del hombre sobre la tierra y que su corazón no tramaba sino aviesos designios todo el día, se arrepintió de haber hecho al hombre en la tierra, doliéndose grande­mente en su corazón, y dijo: «Voy a exterminar al hombre que creé sobre la superficie de la tierra; y con el hombre, a los ganados, reptiles y hasta las aves del cielo, pues me pesa haberlos hecho» (Gn 6, 5-7).
Génesis 6, 11-13 trata de la corrupción y violencia más que de la mal­dad, e imputa dicho comportamiento a todas las criaturas, no sólo a los humanos, diciendo que la tierra esta corrompida y toda la carne (no sólo la carne de la humanidad) ha corrompido las enseñanzas de Dios.
La primera explicación sugiere un desorden natural entre todas las especies, mientras que la segunda sugiere un desorden moral sólo entre los humanos.
En el «Libro de la Vaca Divina» encontramos una situación parecida a la primera explicación. La humanidad se había vuelto corrupta y se había rebelado contra la autoridad de Ra, quien, en este relato, era la divinidad principal de los dioses.
Ra enfoca su justo castigo sólo contra los elementos corruptos. Animado por Nun, la representación antropomórfica del diluvio primiti­vo, Ra envía al cielo (en forma de la diosa Hathor) para destruir al ene­migo. Como en el Génesis, la divinidad se arrepiente de su respuesta vio­lenta y detiene la destrucción. El relato egipcio también incorpora un modesto diluvio, pero su objetivo era el de distraer a Hathor de su misión destructora, en vez de ahogar a la humanidad. Con todo, hacer que Nun, el diluvio primitivo, dirija a Hathor, el cielo, para que destruya la tierra, proporciona una poderosa imagen poética- de las aguas superiores y las aguas inferiores que se combinan para destruir la humanidad. Esto con­cuerda con la imagen presentada por la Biblia.
A ios seiscientos años de la vida de Noé, el segundo mes, el día dieci­siete de él, se rompieron todas las fuentes del abismo, se abrieron las cataratas del cielo (Gn 7, 11).
El relato egipcio corresponde a aquella parte de la narración en la cual sólo la maldad de la humanidad era el tema de preocupación: la humani­dad había sido mala y debía ser castigada. Pero la Biblia también condena a muerte a todas las criaturas vivientes, mientras que el relato egipcio sólo castiga a los malhechores.
Esta incongruencia entre las dos explicaciones del diluvio surge de los esfuerzos de los redactores de la Biblia para integrar los mitos egipcios y babilonios. En ambos casos, las fuentes extranjeras hablan de un tiempo posterior a la Creación cuando la divinidad principal se enfadó con la humanidad e intentó destruir la raza. Pero existían algunas diferencias en las dos narraciones de origen.
En la narración egipcia, la humanidad se comporta mal y el dios dirige su venganza sólo contra los malhechores. En la narración babi­lonia, los dioses sencillamente deciden acabar con todas las criaturas vivientes, tanto hombres como bestias. De manera sorprendente, el autor del mito de Gilgamesh no ofrece explicación alguna para esta acción destructora. Si bien, en un momento de la narración, una de las divinidades castiga a la divinidad principal por sus actos sin sentido:
«Oh guerrero, el más sabio de los dioses: ¿Cómo habéis podido sin reflexionar provocar este diluvio?»
Una versión anterior del relato babilonio del diluvio, conocida como Atrahasis, proporciona el motivo que falta: la humanidad se había vuelto demasiado ruidosa y su comportamiento irritaba a los dioses y diosas. Por consiguiente, la divinidad principal envía un diluvio para acabar con toda la vida terrenal.
Puesto que el relato babilonio del diluvio describe la destrucción de toda la vida terrenal a excepción de la que se encuentra en el arca de Utnapishtim, por motivos de concordancia, los editores de la Biblia cam­biaron el final del relato egipcio en el cual Ra destruye sólo a los malva­dos, a otro en el cual destruye toda la vida terrenal excepto la que se halla en el arca de Noé. Al volver a contar la leyenda del diluvio, los redactores bíblicos combinaron porciones tanto de los relatos egipcios como de los babilonios.

Génesis 6, 19
Lo que dice la Egiptología: El Génesis contiene afirmaciones contradictorias acerca de cuántos animales embarcaron.
La mayoría de nosotros ha oído decir que Noé subió a bordo del arca a una pareja de cada especie para así repoblar el mundo tras el diluvio. Pero el Génesis conserva una declaración contradictoria acerca del número de animales que subieron a bordo. En Génesis 7, 2-3 dice:
De todos los animales puros toma siete parejas, machos y hembras, y de los impuros, una pareja, macho y hembra. También de las aves del cielo siete parejas, machos y hembras, para que su descendencia se con­serve sobre la faz de la tierra toda.
Esta contradicción surge a raíz de los conflictos religiosos sobre el tema del sacrificio de los animales. Los autores de la fuente J creían en la prác­tica del sacrificio de animales, en cambio los autores de la fuente S no.
Tras el diluvio, Noé sacrifica animales a Dios. Si sólo hubiese tenido dos de cada especie, un macho y una hembra, los animales sacrificados no podrían reproducirse y repoblar la especie. Por tanto, tenía que incluir animales adicionales para sacrificar. Ya que los autores de la fuente S no creían en el sacrificio de animales, no necesitaban más que una pareja de macho y hembra para sus necesidades reproductoras.
Sin embargo, ¿por qué era necesario salvar a los animales? Sabemos por Génesis 1 que Dios podía crear animales a partir del agua, y por Génesis 2 que los podía crear de la tierra. Tras el diluvio. Dios podía haber creado todos los animales que quisiera.

Génesis Capítulo 7


Génesis 7,4

Lo que dice la Egiptología: las fuentes J y S discrepan acerca de cuando cesaron las lluvias. La J dice que duraron cuarenta días, mientras que la S dice que duraron 150.
Los redactores bíblicos trabajaron a partir de dos cronologías del diluvio distintas, una de la fuente J y otra de la fuente S. Según la fuente J las llu­vias duraron cuarenta días. Según la fuente S, las lluvias duraron 150 días.
En Génesis 7, 12 dice que diluvió sobre la tierra cuarenta días y en Génesis 7, 17 se nos dice que diluvió sobre la tierra durante cuarenta días. Luego Génesis 8, 6 dice que, pasados cuarenta días nmas, Noé abrió la ven­tana del arca para liberar a los pájaros. Aunque los tres periodos de cua­renta días podrían ser uno sólo y el mismo, en el contexto parecen ser periodos secuenciales. Resulta interesante observar que tres periodos de enarenta días suman 120 días, la duración de la temporada de lluvias egip­cias según el calendario solar.
Entremezclados con estos tres versículos hay otros pasajes que también mencionan la cronología de1 diluvio. Génesis 7, 24 dice que las aguas persistieron durante 150 días y dos versículos después dice: "Cerráronse las fuentes del abismo y las cataratas del cielo, y ceso de llover" (Gn 8, 2). Al leer la narración en orden cronológico tal y como pretendían los editores de la Biblia, encontramos que ha pasado un periodo de 150 días desde que las aguas suben de nivel el cese de la lluvia-
Hay dos periodos distintos de lluvia porque los editores de la biblia travbajaron a partir de dos narraciones distintas. En una versión, derivada de de la fuente J, el relato del diluvio está basado en el calendario solar egipcio que los egipcios dividían en tres temporadas de 120 días, de las cuales una era la temporada de inundación, con cinco días añadidos al final del año. En la otra, derivada de la fuente S, el relato del diluvio está basado en el calendario egipcio solar-lunar, un ciclo que duraba veinticinco años, con 309 meses completos.
El conflicto entre las dos fuentes se ve aumentado en las declaraciones acerca de cuándo se secó la tierra. Génesis 8, 13 dice que la tierra se secó el primer día del primer mes del año 601 de la vida de Noé. El siguiente versículo dice que la tierra se secó el día veintisiete del segundo mes del año 601 de Noé. Parte de esta confusión ocurre porque el primer periodo seco sucedió el día 309 de la cronología de la fuente S, marcando la cone­xión con el calendario solar-lunar, pero que a la vez marca el día 360 des­pués del cumpleaños 600 de Noé en la cronología de la fuente J, marcan­do la conexión con el calendario solar.


Génesis. 7,6

Lo que dice la Egiptología: Para ajustarse a las tradiciones babilonias, los redactores de la Biblia trasladaron el relato del diluvio desde el primer día de la Creación a la décima generación de la humanidad.
El Génesis sitúa a Noé en la décima generación desde Adán y sitúa el diluvio en el año seiscientos de Noé. A partir de la cronología del Génesis (en el texto masorético), sabemos que el diluvio tuvo lugar 1656 años después del nacimiento de Adán, pero debido a una serie de incon­gruencias y contradicciones en los datos bíblicos relacionados con la fecha del Éxodo (véase el Mito 72), no podemos determinar con preci­sión el año en que Adán fue creado. Dentro de los parámetros acepta­dos, sin embargo, podemos datar su aparición entre 4004 y 3761 a.C. La segunda fecha proviene de las tradiciones judías, mientras que la prime­ra se deriva de los cálculos realizados por el obispo Usher en el siglo xvn. Otras estimaciones nos dan una fecha para el diluvio entre 2348 y 2105 a.C., lo cual es un margen de tiempo totalmente inverosímil.
La I dinastía Egipcia data de 3100 a.C. y mediante una gran cantidad de evidencias arqueológicas egipcias, de Oriente Próximo y del Mediterráneo sabemos que no tuvo lugar ningún diluvio mundial (o al menos a gran escala en Oriente Próximo) después del inicio de la I dinastía Egipcia. Por tanto, basado exclusivamente en datos arqueológicos, el diluvio bíblico no pudo haber ocurrido durante ninguna de las fechas señaladas para Noé.
Ya que la Biblia también nos cuenta que Moisés se crió como un hijo adoptado por la familia real, podría haber recibido una educación egipcia de primera categoría y habría conocido la historia de Egipto desde la I dinastía hasta su propia época. Si él hubiese creído en algún diluvio a gran escala, lo habría situado mucho antes de la I dinastía egipcia, y no en tiem­pos de Noé.
Tal y como vimos en los Mitos 32-33, el relato del diluvio de Noé se ori­ginó a partir del mito hermopolitano de la Creación y debió suceder antes de la aparición de la humanidad.
Entonces, ¿por qué los editores de la Biblia cambiaron periodos de tiempo? La respuesta se encuentra en una forma corrupta de la antigua lista de reyes sumerios, que registraba la sucesión de monarcas que reina­ron en la antigua Mesopotamia, tanto antes como después del diluvio de la mitología babilonia.
En las versiones mesopotámicas del diluvio, éste tuvo lugar mucho después de la Creación. En un documento sumerio que data de 2000 a.C., tenemos una lista de los primeros ocho reyes de Sumer. Estos reyes rei­naron de manera combinada durante 241 mil años, y el diluvio ocu­rrió durante el octavo mandato. Pero en una versión posterior de esta lista, que data del siglo iv a.C, el diluvio tuvo lugar durante el reinado de un décimo rey llamado Ziusudra, y pasaron 432 mil años antes de que llegara el diluvio. Ziusudra no aparece en la primera lista de reyes sumerios, pero su nombre corresponde a una pronunciación heleniza-da, uno de los nombres del héroe del diluvio babilonio. (No podemos decir en qué momento se modificó la lista de reyes sumerios, sólo que ocurrió entre 2000 y 400 a.C. Si lo supiéramos con exactitud, esto ten­dría un enorme impacto sobre la fecha en que se formuló el texto bíblico).
Mientras que los textos babilonios también datan el diluvio decenas de miles de años antes de la época de Noé, el situar el diluvio en la décima generación de un reinado establece un paralelismo con la situación de Noé en la décima generación de la humanidad. La cifra de 432 mil años de la segunda lista de reyes, tal y como veremos a continuación, añade un segundo paralelismo de correspondencia con el relato bíblico.
Los babilonios utilizaban unos espacios de tiempo enormes e inverosí­miles en sus listas de monarcas, de decenas de miles de años para cada uno de los primeros reyes. También dividían estos espacios de tiempo en uni­dades menores, de las cuales una se llamaba saroi, y duraba 3600 años. Un período de 432 mil años, por tanto, equivale a 120 sarois. Esto nos recuer­da que en el relato bíblico, Dios le dice a Noé: «No permanecerá por siem­pre mi espíritu en el hombre, porque no es más que carne. Ciento veinte años serán sus días» (Gn 6, 3).
¿Qué significa decir que «ciento veinte años serán sus días»? Una inter­pretación es que 120 años definía la vida más larga permitida para los humanos. Pero, después del diluvio, varias generaciones vivieron más de 120 años, así que esto no puede ser correcto. Otra interpretación es que este era un aviso de que el diluvio llegaría dentro de 120 años. Este sería el significado correcto, pero los 120 años habrían sido originariamente 120 sarois, y el aviso habría sido que el diluvio tendría lugar 120 sarois después de que el primer rey llegara al poder.
La cronología bíblica no podía permitir un período de tiempo tan enorme, y los redactores sencillamente dieron por sentado que los «sarois» se debían substituir por «años» para así acomodar la cronología ya existente en el Génesis.


Génesis 7, 20.

Lo que dice la Egiptología: Quince codos equivalen a una profundidad de aproxi­madamente 7,5 metros, lo suficiente para cubrir la tierra, pero ningu­na montaña.
Aunque el Génesis dice que las aguas subieron lo suficiente para cubrir todas las montañas, sólo da una altura de quince codos. El codo tiene un largo aproximado de unos cincuenta centímetros. Quince codos miden unos siete metros y medio, no lo bastante para cubrir un monte de media­na altura, y desde luego ninguna montaña.
La discrepancia en la Biblia entre las imágenes de un diluvio mundial que cubre montañas y la de una inundación superficial de sólo siete metros y medio, surge del hecho de que uno de los relatos del diluvio del Génesis estaba basado en el calendario de temporadas y se refería a la tem­porada de inundaciones anuales egipcias, cuando el Nilo se desbordaba. En cambio, el otro relato del diluvio del Génesis se refiere a Nun, el dilu­vio primitivo en la mitología egipcia.


Génesis 7, 23

Lo que dice la Egiptología: Una raza de gigantes, llamados nefilim en la Biblia, sobre­vivió al diluvio.
Antes del diluvio, la Biblia dice que existía una raza de gigantes (véase Gn 6,4). La palabra hebrea que se traduce como «gigante» es nefilim. En Números 13,33, vemos que tras el Éxodo, los israelitas vieron a los gigan­tes, hijos de Anak. Una vez más la palabra traducida para «gigantes» es nefilim. Así, tenemos una raza de nefilim antes del diluvio y una raza de nefilim en tiempos de Moisés. Puesto que no había nefilim a bordo del arca, ¿cómo pudo sobrevivir la raza? Algunas tradiciones folclóricas man­tienen que los nefilim se agarraron al arca durante el diluvio y flotaron a su vera, pero el pasaje bíblico dice específicamente que sólo Noé y aque­llos a bordo del arca sobrevivieron. Si los nefilim sobrevivieron al diluvio, tal vez otros también lo consiguieron.

Génesis Capítulo 8


Génesis 8,4

Lo que dice la Egiptología: La montaña del relato del diluvio se refería en origen a la montaña primitiva en Egipto. Después de que los israelitas se trasladaran a Canaán, estos cambiaron la ubicación a los montes de Ararat, conside­rados el punto más alto del mundo.
En Génesis 8,4, se dice que el arca de Noé se posó sobre las montañas de Ararat. Generalmente, cuando alguien hace referencia a este aconteci­miento, habla del emplazamiento como el monte Ararat, pero la Biblia sólo dice que era una de las montañas de Ararat. No dice cual de ellas. La zona comprendida por el antiguo Ararat ahora cruza las fronteras actua­les de Turquía, Rusia, Irán e Irak.
Sin embargo, Génesis 11,2 sugiere que los supervivientes del diluvio se posaron en un lugar muy distinto. Según ese versículo, los supervivientes viajaron desde una ubicación sin identificar al este de Babilonia y siguie­ron en dirección oeste hacia Babilonia. Fue en la llanura de Senaar, el territorio que rodea Babilonia, donde esos supervivientes desataron la ira de Dios al intentar construir la Torre de Babel.
Ararat, sin embargo, está muy al norte y ligeramente al oeste de Babilonia. Los supervivientes habrían tenido que viajar en dirección sud­este de Ararat, y no hacia el oeste para llegar a Senaar.
Si usted se encuentra en Ararat, no puede llegar a Senaar si viaja en dirección oeste. Tiene que ir hacia el sudoeste. Que los viajeros viajaran desde oriente refleja los orígenes del relato del diluvio como una variante del mito hermopolitano de la Creación. En el relato egipcio, la divinidad creadora Ra aparece primero como un niño flotando sobre una hoja de loto. Cuando se convierte en adulto, inicia sus actos de Creación. Esto sig­nifica que el joven Ra viajó en dirección oeste sobre su hoja de loto, haciéndose mayor al mismo tiempo que el sol recorría el cielo.
La montaña donde aterrizó el arca habría sido la montaña primitiva en Egipto primera tierra donde se irguió el Creador egipcio y llevó a cabo sus actos. Cuando los editores bíblicos dejaron de identificar el relato del diluvio con el mito egipcio de la Creación, trasladaron el arca a una cor­dillera que ellos creían ser la más alta de todas las demás. Ya que el relato bíblico menciona un nombre de montaña distinto al del mito babilónico del diluvio, el cambio de ubicación desde Egipto a Ararat seguramente tuvo lugar antes de que Babilonia conquistara Israel en 587 a.C.


Génesis 8, 7-12

Lo que dice la Egiptología: El redactor de la Biblia combinó una escena del relato egipcio de un pájaro durante el nacimiento de Ra con un episodio de narraciones babilonias de diluvios.
Otro fragmento del mito hermopolitano de la Creación habla de la aparición de un pájaro durante el nacimiento de Ra. Aunque, como vimos anteriormente, los redactores de la Biblia presentaron un testimonio con­fuso sobre el nacimiento de Canaán, el contexto dejaba claro que éste nació durante el diluvio. También sugería que era más que un bebé cuan­do desembarcó, siendo este un problema bastante confuso que trataremos en breve.
Aunque no podemos correlacionar la aparición del pájaro benben (Benu) con el nacimiento de Canaán, sí podemos mostrar que el pájaro benben apareció en la narración original del diluvio.
En el Génesis, después de que Noé y su familia llegan a la cima de una montaña, Noé libera simultáneamente una paloma y un cuervo para ver si son capaces de encontrar un lugar lo bastante seco donde posarse. La paloma regresa, pero el cuervo vuela durante dos semanas mientras se seca la tierra. Noé suelta a la paloma dos veces más y, durante el tercer vuelo, la paloma no regresa, señalando que la inundación ha retrocedido.
No queda claro por qué Noé no pudo sencillamente mirar desde la cima de la montaña para ver si podían desembarcar. Ni tampoco tenemos una explicación de por qué soltó dos pájaros el mismo día.
El incidente de los pájaros presenta un paralelismo sorprendente con el mito mesopotámico del diluvio conservado en la épica del Poema de Gilgamesh. En esa narración, Utnapishtim, el héroe del relato del diluvio, también se sitúa sobre la cima de una montaña y en tres ocasiones libera pájaros por el mismo motivo que lo hace Noé. Son este tipo de detalles los que llevan a la conclusión de que el autor de Gilgamesh y el autor de la Biblia compartían fuentes comunes para sus relatos.
Pero las narraciones de los pájaros de Gilgamesh y Noé presentan unas diferencias que confunden. En la primera, Utnapishtim libera tres pájaros distintos en el siguiente orden: paloma, golondrina y cuervo. Noé, sin embargo, libera cuatro pájaros en tres ocasiones. Al principio suelta a una paloma y a un cuervo. La paloma regresa, pero el cuervo sigue volando por ahí. Luego vuelve a soltar a la misma paloma dos veces más. ¿Por qué en el Génesis se sueltan pájaros cuatro veces y en la narración de Gilgamesh sólo tres veces?
La contradicción recalca los problemas con los que se enfrentaba el redactor bíblico. Por un lado, tenía un relato de Egipto en el cual un solo pájaro volaba sobre el diluvio. Por otra, tenía un relato de Mesopotamia en el cual tres pájaros eran liberados y dos regresaban. En total, tenía cua­tro pájaros, dos que regresaban y dos que no.
El editor bíblico colocó a los cuatro pájaros en el relato revisado, pero el cuervo planteaba un problema especial. En la épica del Poema de Gilgamesh, el héroe liberaba una paloma al principio de la secuencia y un cuervo al final; la paloma regresaba y el cuervo no. En el Génesis, Noé libera una paloma y un cuervo a la vez y, como en el Gilgamesh, la palo­ma regresa y el cuervo no. En el Poema de Gilgamesh, el héroe también libera una golondrina, pero en el Génesis este pájaro no aparece. En cam­bio, Noé suelta la paloma dos veces más.
El redactor bíblico debió encontrarse con más de una fuente para el relato del diluvio babilonio, la versión tradicional de Gilgamesh con una golondrina, una paloma y un cuervo, y otro relato con sólo palomas o pájaros sin identificar. A través de los escritos de Beroso, un sacerdote Babilonio de la época de Alejandro Magno, sabemos que al menos una versión del relato incluía la liberación de tres grupos de pájaros no iden­tificados.
En la fuente egipcia, el pájaro que no regresa habría sido un pájaro ben-ben, que los egipcios identificaban con la garza, y ésta se comportaba de manera distinta a los pájaros babilonios, sobre todo porque no tenía nece­sidad de buscar tierra firme, ya que permanece en el aire y vuela hasta que aparece la primera tierra.
El autor de la Biblia, que sabía por los relatos babilonios que debía ofre­cer una explicación por un cuervo que no regresa, substituye sencilla­mente el cuervo babilonio por la garza egipcia, y la deja volar por todas partes hasta que encuentra un lugar donde posarse.


Génesis 8,20

Lo que dice la Egiptología: Noé no pudo haber sacrificado a todos los animales puros ¡ porque necesitaba algunos de ellos para la reproducción de esa especie.
Noé llevó a bordo siete parejas de cada especie pura, es decir, especies! adecuadas para ser sacrificadas. Génesis 8,20 dice que tras el diluvio, Noé sacrificó a todos los animales puros sobre un altar. Ya que los animales puros han sobrevivido hasta el presente, Noé no pudo haberlos sacrificado a todos.

Génesis Capítulo 9


Génesis 9, 18

Lo que dice la Egiptología: Canaán era originariamente el dios Ra en el mito hermo­politano de la Creación, y era el hijo de los cuatro machos del arca.
Según el mito hermopolitano de la Creación, las cuatro entidades mas­culinas y las cuatro femeninas dieron a luz colectivamente al dios Ra, la divinidad hermopolitana creadora y divinidad solar. En el relato de Noé, también aparece una sola criatura que nace durante el periodo del dilu­vio. Se llamaba Canaán y el escritor bíblico se muestra inexorable acerca de la identificación de su parentesco.
Primero, el texto dice: «Fueron los hijos de Noé salidos del arca Sem, Cam, y Jafet; Cam era el padre de Canaán». El pasaje sugiere que Canaán también salió del arca, pero no lo dice exactamente. Sólo tres versículos después, el autor nos vuelve a recordar el parentesco de Canaán: «Vio Cam, el padre de Canaán, la desnudez de su padre, y fue a decírselo a sus hermanos» (Gn 9, 22).
Estas son las primeras dos menciones de Canaán en la Biblia, y en ambas ocasiones el versículo sugiere que el nacimiento de Canaán ha teni­do lugar, pero no dice explícitamente en qué punto de la narración ocu­rre. Sin embargo, dos veces dice que Cam es el padre. Inmediatamente después sigue un pasaje enigmático:
Y tomando Sem y Jafet el manto, se lo pusieron sobre los hombros, y yendo de espaldas, vuelto el rostro, cubrieron, sin verla, la desnu­dez de su padre. Despierto Noé de su embriaguez, supo lo que con él había hecho el más pequeño de sus hijos, y dijo: «Maldito Canaán, esclavo de los esclavos de sus hermanos será». Y añadió. «Bendito el Señor, Dios de Sem. Y sea Canaán su esclavo. Dilate Dios a Jafet, y habite éste en las tiendas de Sem y sea Canaán su esclavo» (Gn 9, 23-27).
En la escena anterior, Cam había visto a su padre desnudo y se lo había contado a sus hermanos. Entonces los otros dos hermanos taparon a su padre. Pero cuando Noé despertó maldijo al «más pequeño de sus hijos», Canaán, no Cam, quien le había visto desnudo. Puesto que esto sucede poco después de que Noé y su familia desembarcan, ¿de dónde salió Canaán, y cómo podía tener la edad suficiente para provocar dicha trave­sura, a no ser que ya hubiese estado en el arca?
Para que no exista confusión alguna sobre si el autor equivocadamente substituyó a Cam por Canaán como el hijo más pequeño, deberíamos observar que en todas las ocasiones en que la Biblia menciona a los tres hijos de Noé juntos, el nombre de Cam aparece en segundo lugar. Se tra­taría de una formula literaria cuya intención sería informar al lector de que Cam era el segundo hijo, y no el más pequeño.
¿Quién era el padre de Canaán, Noé o Cam? El tema debió estar rodea­do de bastante confusión, porque en algún momento al menos un editor de la Biblia consideró que era necesario reiterar varias veces que Cam era el padre. La confusión se originó a partir del hecho de que en la tradición hermopolitana, cuatro entidades masculinas del arca eran los padres del mismo hijo, y esto no tenía ningún sentido para los hebreos monoteístas posteriores. Era necesario volver a examinar el tema del parentesco.
La identificación de Cam como padre de Canaán se debería a un cam­bio posterior, bien entrado en el periodo de la monarquía hebrea (véase el Mito 45). Se originó a partir de la idea que la tierra de Egipto (es decir, Cam) era padre de la tierra de Canaán, una creencia que se ve reflejada en Génesis 10, donde se pretende realizar un seguimiento del origen de las naciones tras el diluvio.
Esto sugiere que Canaán originariamente tenía un nombre distinto; un nombre que reflejaría su conexión con el dios solar Ra en su forma infan­til. (Ra tenía varios nombres diferentes. Hay una letanía que enumera al menos setenta y cinco.) Esto explicaría por qué Noé maldice a Canaán en vez de a Cam. Originariamente Canaán representaba al dios Ra, la divini­dad hermopolitana creadora, y los sacerdotes hebreos necesitaban dismi­nuir la influencia del Ra egipcio sobre las creencias de los primeros refu­giados hebreos de Egipto.

Génesis Capítulo 10


Génesis 10,6

Lo que dice la Egiptología: Esta genealogía es paralela a la del mito griego anterior sobre los orígenes de los danoi, los griegos que supuestamente invadieron Troya en el siglo xn a.C.
En la Tabla de Naciones, Cam es el padre de cuatro países, Cus, Misraim, Put y Canaán. Cam, como ya hemos visto, posee un nombre idéntico al de uno de los antiguos nombres de Egipto, Keme. Tres de sus hijos tienen nombres que se pueden identificar fácilmente con naciones de la esfera egipcia. Cus es el antiguo nombre de Etiopía; Misraim es el nombre hebreo para Egipto; y Canaán corresponde evidentemente a la tierra de Canaán.
El nombre del cuarto hijo no se identifica fácilmente, pero se suele emparentar con Libia, lo cual tiene sentido desde un punto de vista geo­gráfico. Libia era el nombre griego para toda la parte de África al oeste de Egipto.
En esta genealogía, tenemos un esquema geográfico en el cual Cam suele corresponder a la zona de Egipto y sus vecinos colindantes, y sus cuatro hijos constituyen cuatro divisiones dentro de esa región; Etiopía al sur, Libia al oeste, Egipto en el centro, y Canaán al norte.
La genealogía reflejada en esta rama de la narración bíblica se atiene a la que aparece en el mito griego sobre los orígenes de los danoi, los grie­gos que, escribió Hornero, conquistaron Troya en el siglo xn a.C.
Según la narración griega, Poseidón (el dios griego de los mares) se acopló con una mujer llamada Libia. Tuvieron gemelos, llamados Belo y Agenor. El segundo se fue a Fenicia, donde se convirtió en rey y donde los griegos lo consideraban el antecesor de todos los fenicios. ;
Belo se convirtió en rey de Egipto y, según las tradiciones míticas, tuvo j cuatro hijos, llamados Dánao, Aegiptos, Fineas y Cefeo. Según los relatos ^ griegos, Aegipto fue rey de Egipto, Dánao de Libia, y Cefeo de Etiopía, pero reinando en Joffa, en Canaán. El nombre del cuarto hijo, Fineas, sig­nifica «etíope».
Belo y Cam comparten varias características.
1. Belo es hijo de Poseidón, dios de los mares, y Cam es hijo de Noé, que no es el único superviviente de un diluvio mundial, pero que aquí hemos identificado con Nun, un equivalente egipcio de Poseidón.
2. Cada uno es padre de cuatro hijos, tres de los cuales se identifican con Egipto, Etiopía y Libia.
3. El cuarto hijo de Belo, Cefeo, en ocasiones se identifica con un rey cananeo, y el cuarto hijo de Cam está relacionado con Canaán.
4. Belo aparece como hermano del rey de Canaán, mientras que Cam, su homónimo en la Biblia, aparece como el padre de Canaán. Sin embar­go, la genealogía bíblica es ambigua y, como ya vimos en el Mito 33, en ocasiones la Biblia sugiere que Canaán es el hermano de Cam en vez del hijo.
Aunque la estructura genealógica entre los dos árboles sea casi idénti­ca, destaca una diferencia significativa. El Génesis relaciona la genealogía con la evolución de la humanidad inmediatamente después de la destruc­ción mundial. El mito griego está absolutamente cargado de simbolismo geopolítico. No obstante, muestra una tradición primitiva en la cual Egipto aparecía como el hermano de Libia, Etiopía y Canaán.
Por último, debemos observar que los danois griegos, quienes desapa­recieron del registro histórico hacia el primer milenio a.C., eran uno de los «Pueblos del Mar», un grupo de aliados griegos (entre los cuales esta­ban los filisteos) que invadieron Canaán en los siglos xn y xm a.C., casi al mismo tiempo que Israel se asentara allí tras el Éxodo de Egipto. Esto sugeriría que los griegos llevaron el mito a Canaán, donde los escribas hebreos lo recogieron y lo incorporaron a su historia mundial.


Génesis 10, 8-10

Lo que dice la Egiptología: Este relato conserva una antigua leyenda egipcia sobre el Faraón Sesostris, quien reinó durante la XII dinastía Egipcia.
El breve relato sobre Nemrod confunde porque presenta una historia totalmente distorsionada de Oriente Próximo durante el segundo milenio a.C. (véase el estudio en el Mito 45 sobre la Tabla de Naciones). Según lo expuesto, dice que Nemrod era hijo de Cus y que levantó un imperio en las ciudades de Babilonia. Cus representa la nación de Etiopía, el vecino del sur de Egipto, y la Biblia lo convierte en hijo de Cam, que representa a Egipto en la Tabla de Naciones. Así, lo que sugiere el relato es que un descendiente de Egipto, asociado con Etiopía, conquistó las ciudades de Babilonia en el segundo milenio a.C. Las evidencias históricas desacredi­tan totalmente este supuesto.
Una explicación mejor reconoce que la Tabla de Naciones se deriva de una variedad de leyendas sobre los orígenes nacionales. De hecho, el his­toriador griego Heródoto, a menudo llamado el «padre de la historia», recoge una leyenda específica sobre un faraón egipcio llamado Sesostris, que subió al trono en 1897 a.C., durante la XII dinastía de Egipto. Su tes­timonio parece basarse en la misma leyenda que inspiró el relato sobre Nemrod. La identificación de Nemrod con Sesostris también concuerda cronológicamente con la Tabla de Naciones, que sitúa a Nemrod en la misma época que la XII dinastía de Egipto. Según Heródoto, Sesostris fue el único rey egipcio que conquistó Etiopía. Posteriormente, lanzó una campaña militar desde Mesopotamia, cruzó Asia y conquistó cada nación en su camino hasta llegar a Europa.
Heródoto dice que oyó hablar de Sesostris mediante conversaciones con eruditos egipcios, y es evidente que las leyendas sobre este rey formaban parte del folklore egipcio. El relato identifica claramente a un monar­ca egipcio, procedente de Etiopía, que atravesó y conquistó Mesopotamia, cruzando primero la región babilónica, para después dirijirse a Asiría, y detenerse por fin en algún lugar de Europa. Debemos añadir también que durante la XII dinastía, Etiopía estuvo bajo soberanía egipcia.
Los elementos de la leyenda de Sesostris se corresponden exactamente con el relato de Nemrod. En ambos relatos, un hijo de Egipto que contro­laba Etiopía entró en Mesopotamia y conquistó Babilonia y Asiría.
La única diferencia significativa entre ambos relatos es el nombre del héroe. Heródoto y otros lo identifican como Sesostris, mientras que la Biblia lo llama Nemrod. Sin embargo, Sesostris no era el verdadero nom­bre del faraón. Era una corrupción griega del nombre Senurset. El nom­bre Nemrod parece ser fonéticamente parecido a la última parte del nom­bre de Senusret, y la interpretación hebrea puede ser una ligera corrupción de la egipcia, de igual manera que Sesostris es una corrupción griega. Génesis 10,32.
Lo que dice la Egiptología: La lista de naciones atribuidas a la familia de Noe es una añadidura posterior al Génesis, y refleja las relaciones políticas de princi­pios del primer milenio a.C.
En Génesis 10 se enumeran las tres ramas del árbol genealógico de Noé, una para cada uno de sus tres hijos. La Biblia dice que cada uno de los des­cendientes que se mencionan corresponde a alguna entidad geográfica. Esta lista suele llamarse «Tabla de Naciones» o «Familia de Naciones».
Varios de los nombres de la lista corresponden a territorios o a gentes cono­cidos, pero la gran mayoría de nombres no se pueden conectar fácilmente con otras entidades específicas. La mayoría de los topónimos irreconocibles se suelen clasificar como pertenecientes a tribus de Arabia. Esto da lugar a la bas­tante confusa situación de tener una Tabla de Naciones bíblica cargada de oscuras tribus árabes con un impacto casi nulo sobre la historia de la Biblia.
A grandes rasgos, las tres ramas representan tres zonas geográficas prin­cipales. Cam y su familia corresponden a África y Canaán; Sem y su fami­lia corresponden a Oriente Próximo; Jafet y su familia corresponden apro­ximadamente a las naciones isleñas del Mediterráneo y a partes de Europa.
Una dificultad a la hora de aceptar la genealogía de Noé como Tabla de Naciones es la presencia de nombres duplicados en la lista. Evila, por ejemplo, aparece como hijo de Cus (Etiopía) en la rama de Cam, y como hijo de Joktan en la rama de Sem, lo cual sitúa el territorio en África y Asia simultáneamente.
De igual manera, Sheba aparece tanto como nieto de Cus como hijo de Joktan. Cus también tiene un hermano llamado Seba. Seba y Sheba son filológicamente idénticos.
Otra forma de duplicación ocurre con los nombres de I.ud, un hijo de Sem, y Ludim, un nieto de Cam. En hebreo, la terminación -im significa una forma de plural. Cuando se utiliza junto a una nación se refiere a la gente de esa nación. Por tanto, la diferencia entre Lud y Ludim es semejante a la diferencia entre Egipto y los egpcios .
Una duplicación similar ocurre también con el equiparamiento de Dedan, nieto de Cus, y Dodanin, un hijo de Javan en la lista de Jafet. El hebreo bíblico no contenía vocales, así que la palabra escrita Dedan habría aparecido como Ddn y Dodanim habría aparecido como Ddnm, la forma plural de Ddn
La presencia de tantos duplicados en la genealogía indica la naturaleza artificial del catálogo. Pero hay otras evidencias que señalan una composición tardía.
Tal vez el aspecto mas extraño de la Tabla de Naciones este relacionado con el tratamiento de Asiría y Babilonia. En ningún lugar se encuentra a Babilonia, una potencia principal, identificada como descendiente de Noé. Por otra parte. Asiria aparece como hijo de Sem (kijo el nombre de Asur). Segun dice el relato, Nemrod, un hijo de Cus ( Etiopía ), conquisto cuatro ciu­dades, «Babel, Ereg, Acad y Calne, en tierra de Senaar» (Gn 10, 10). Estas cuatro ciudades pertenecen al reino de Babilonia, pero no encontramos en ninguna parte de la Tabla de Naciones que estas ciudades estén identificadas con los hijos de Noé. Sin embargo, el relato dice que Asur (Asiria) salió de la tierra de Senaar y fundo las cuatro principales ciudades de Asiria.
El texto es ambiguo acerca de si Asiria controlaba Babilonia o si Babilonia controlaba a Asiria. Ningún guión retratil correctamente la rela­ción entre estos dos países durante casi mil años después del diluvio. En el siglo xiii a.C. Asina se convirtió en la primera de las dos naciones en controlar a la otra. En el siglo vii a.C., una alianza babilónica conquistó Asiria. La descripción bíblica no es más que una historia confusa que con­funde muchos de los hechos.
Varias de las otras naciones que se mencionan en las listas, como Madai (los medas), Javan (los Jonios), y Tartessos, no surgieron como poderes políticos hasta el primer milenio a.C., indicando que la recopilación tuvo lugar durante el primer milenio.
Las anteriores instancias de duplicación, la imprecisión histórica, y la imposibilidad cronológica son solo algunos de los errores contenidos en la Tabla de Naciones y demuestran que la genealogía de Noé fue com­puesta durante el primer milenio a.C. basada en divisiones geopolíticas existentes y tradiciones míticas.

Génesis Capítulo 11


Génesis 11, 1-9

Lo que dice la Egiptología: Los hijos de los hijos de Noé hablaban diferentes idiomas y vivían en distintos países mucho antes de los acontecimientos que se describen en este relato.
La narración bíblica de la Torre de Babel comienza con la afirmación de que el mundo entero hablaba una sola lengua. Luego dice: «En su mar­cha desde Oriente hallaron una llanura en la tierra de Senaar». ¿A quién hace referencia este «ellos» que se menciona en la narración?
Probablemente, «ellos» hace referencia al último grupo de personas mencionadas que preceden a esa referencia, es decir, la «descendencia de los hijos de Noé, Sem, Cam y Jafet» (Gn 10, 1). En Génesis 10 se divide a los descendientes de Noé en tres ramas, cada una asociada a uno de sus hijos, y, según el relato, estos descendientes fundaron numerosas naciones y hablaban distintas lenguas. Acerca de los hijos de Jafet, por ejemplo, la Biblia dice: «De éstos se poblaron las islas de las gentes en sus tierras según sus lenguas, familias y naciones» (Gn 10, 5).
A excepción de la genealogía de Noé y la afirmación de que «marcha­ron desde el Oriente», no tenemos ningún otro antecedente que defina a quién se refiere «ellos». Génesis 10 informa de que el mundo ya había sido dividido en naciones y se hablaban muchas lenguas mucho antes del rela­to de la Torre de Babel. Esto se contradice con Génesis 11,1, que mantie­ne que el mundo entero hablaba un solo idioma. La genealogía de Noé, que divide a su familia en varias naciones, también contradice la afirma­ción de que la humanidad estaba dispersa por el mundo tras el intento de construir una torre que llegara hasta los cielos.


Génesis 11, 31

Lo que dice la Egiptología: Ur de los Caldeos no existió hasta alrededor del siglo xvin a.C., unos mil años después de la época de Abraham.
La ciudad mesopotámica de Ur tiene una historia que se remonta por lo menos al tercer milenio a.C., pero la asociación de la ciudad con Caldea se remonta sólo hasta el siglo xvm a.C. El nombre Caldea se refiere a la «tierra del pueblo de Caldea», ubicado al sur de Babilonia, en el sur de Mesopotamia. Se sabe poco sobre Caldea antes del siglo xvm a.C. En esa época, había capturado temporalmente el trono de Babilonia y reinaba sobre toda la región, incluyendo Ur. Desde entonces, y aunque no reinó de manera continua en Babilonia, su nombre llegó a asociarse con el sur de Mesopotamia. En 587 a.C., los caldeos conquistaron el reino de Judá y trasladaron la élite hebrea a Babilonia.
Para confundir todavía más la cuestión, el hebreo bíblico no llama a la ciudad «Ur de los caldeos». La palabra traducida como Caldea se lee en realidad casdim, que significa «pueblo de Quesed» o «tierra de Quesed». La identificación de esta ciudad con Caldea en la versión de la Biblia del rey Jacobo se deriva de la traducción griega de la Biblia, que utilizaba el nombre de Caldea.
Casdim parece ser una variante semítica occidental del nombre Caldea, y es la palabra aramea para designar ese territorio. El idioma arameo se comenzó a utilizar en Oriente Próximo durante el primer milenio a.C. y se llegó a convertir en la lingua franca de la región. No tenemos evidencias de la existencia de los árameos anterior al siglo x a.C. Algunos de los últi­mos libros del Antiguo Testamento estaban escritos en arameo y es casi seguro que esa era la lengua que hablaba Jesús.
A pesar de su antigüedad e importancia en la antigua Mesopotamia, Ur no aparece catalogada en la Tabla de Naciones que descendió de los hijos de Noé, lo cual supone una fuente de confusión añadida.
Aunque la Biblia excluye el origen de Ur, sí hace referencia al naci­miento tanto de Quesed (el nombre alternativo de Caldea) y Aram (Aramea). Ambos son, respectivamente, el hijo y el nieto de Aran, herma­no de Abraham (Gn 22, 20-22). Puesto que Abraham nació sólo 290 años después del diluvio, es imposible que los caldeos pudieran estar relacio­nados con Ur durante su época. Las referencias a Quesed y Aram como contemporáneos suyos son igualmente anacrónicas.
Estas referencias a Ur de Casdim, Quesed, y Aram evidentemente se derivan de una época cuando:
1. Aram y Caldea ya existían;
2. Los hebreos comenzaron a adoptar la terminología aramea;
3. Caldea se había convertido en una potencia principal en Mesopotamia;
4. La memoria colectiva de los orígenes caldeos y árameos los había convertido en mitos; y
5. Los hebreos utilizaban la pronunciación aramea en vez del dialecto nativo para el nombre de Caldea.
Todo esto señala un espacio de tiempo muy posterior a la conquista babilónica de Judá y por descontado bien entrado en el periodo persa o helenístico (siglo v a.C. o posterior).
La anacrónica genealogía mesopotámica de Abraham y sus parientes muestra que fue una invención posterior hecha con la intención de colo­car los orígenes hebreos en el centro cultural de los poderosos imperios mesopotámicos que surgieron tras la derrota de los caldeos por parte de los poderosos persas, y como un intento de resaltar el prestigio hebreo dentro de la comunidad babilónica.


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